abril 2026
Vie 3 Abr 2026
Pues esa es la realidad de marzo, no he encontrado la película que me dejara satisfecho del todo, pero sin embargo si hay un par de serie B rumbosas como son Máquina de guerra o Whistle que entretienen, sagas milenarias en caída libre como Scream 7, producciones de impacto que se han metido una leche de muy señor mío (léase ¡La novia!). Me paro también con Torrente presidente y Amarga Navidad, antítesis cinematográficas españoles, cada una con sus cosas, y recupero una de hace unos años que gustó mucho en Sitges o el Fantasia Film Festiva: Vincent debe morir. Al tema…
Scream 7 de Kevin Williamson. Madre del amor hermoso. El aburrimiento más absoluto abandona Woodsboro y se planta en otro pueblo dando una vuelta más a esa tuerca pasada de rosca donde el todo vale sirve como vía de escape para ofrecer al espectador un producto anodino más. Se salvan tres muertes, la de la jarra de cerveza es una barbaridad, pero no hay quien se la crea, y ya. El resto es un paseo cansino por una trama donde ya no sabes si estamos de coña o Kevin Williamson pretende algo serio. En fin, dicen que habrá octava porque esta ha amasado pasta gansa… o se vuelven a reinventar o esto no hay quien lo aguante más.
¡La novia! (The Bride!) de Maggie Gyllenhaal. En la coctelera de la buena de Maggie se mezclan una especie de perversión del cine de Michael Mann, el gamberrismo de la historia de Bonnie y Clyde, una historia de desamor repleto de soledad, mucha paranoia mental, una ración de #metoo, modernidad discotequera, reflexiones entre los monstruos y sus creadores, reflejos de los clásicos (desde James Whale a Mel Brooks), diálogos pervertidos por prosa de diccionario… vamos, una liada bien gorda. Pero bueno, entretenida, diferente y curiosa.
Máquina de guerra (War Machine) de Patrick Hughes. Un rip-off en toda regla de Depredador, curiosamente con aires de La guerra de los mundos, para esa segura segunda parte, y un invasor con forma de mecha mecánico, muy a lo Robot Jox de Stuart Gordon. En conjunto está entretenida, máxime con Alan Ritchson desplegando ese carisma de tipo duro impertérrito que merece ser abrazado con el que ya nos deleita en la serie de «Jack Reacher», unos buenos efectos visuales, y ese generoso body count (numéricamente hablando) no exento de gore en forma de cuerpos explotando, medios torsos, brazos y piernas voladoras, etc. El inicio tiene un tono de patria y honor muy americano, evidentemente, pero conforme avanza hay más y más indicadores de la galopante falta de ideas que la pueblan (tan pronto como se adentra en el rango de la ciencia ficción y la supervivencia).
Torrente presidente de Santiago Segura. La comedia del cameo. Puro desparrame de presencias inesperadas y un saber reírse del ahora político y del todos (no deja títere con cabeza) como nos merecemos. Debe verse como lo que es, una cinta de humor basado en la sorpresa, una obra con aroma clásico estrenado en 2026. Santiago Segura marca el tempo, y salvo por un tercer acto más irregular, queda claro que Segura es un visionario y sabe juntar pasado con presente, farándula con frikis, etc.
Sin piedad (Mercy) de Timur Bekmambetov. «Espera sentado: la película». ¿Por qué la titulas «Sin piedad» cuando resulta que «Mercy» sería «Piedad»?, vamos, todo lo contrario, más para una película que se queda en un caso extendido de Minority Report. La jueza, Rebecca Ferguson, al otro lado de la pantalla, aunque pretenda ser una IA, y el detenido, o trasunto de Tom Cruise, sentado en una especie de silla eléctrica, pero con cara de Chris Pratt. El resto de una flojedad que madre mía. No se salva nada, ni el intento de floritura motera con Kali Reis dando vueltas todo el rato, etc. El cartel un engaño, el tráiler, en este caso gracias, otro engaño aunque la cosa sea para peor. Todo en ella de aburrimiento nada rumboso que encima te hace desesperar con lo mal que está contado, y agasajado con unos efectos visuales de baratillo. Ni pies ni cabeza, para olvidar.
Whistle: El silbido del mal (Whistle) de Corin Hardy. Una de terror teen modo años 80 que se empapa de buenas ideas con mejor o peor resultado. Hay ahí un tufillo It Follows regularmente resuelto, que entronca con la saga Destino final o El club de los cinco (el parecido de Dafne Keen con Ally Sheedy es maravilloso). En conjunto no logra pillar velocidad, siendo aburrida y previsible a cada minuto que pasa. Lo más simpático son los WTF a minuto como el acceso piscinero a libros de folklore maya, el cura del pueblo, o el parque de atracciones que se montan… Amén de otras lindezas que dan para risa. Tiene dos muertes bárbaras, y un final muy cabrón.
Amarga Navidad de Pedro Almodóvar. Resuena Alberto Iglesias a lo Bernard Herrmann, el color nos invade y te fascina, el drama se multiplica de forma exponencial, pero va todo a galope del mayor de los tedios, las buenas interpretaciones y los esquemas de la vida del propio autor (again and again). Por un lado, bien, por otro no tanto… hay que verla para padecerla, o disfrutarla.
Vincent debe morir (Vincent doit mourir) de Stéphan Castang. Resulta que «Vincent debe morir» es el odio llevado al extremo y al simple hecho de ver a alguien y desear ejecutar ese odio de forma salvaje. Stéphan Castang nos traslada a ese creciente y deprimente caos, y lanza a un muy sufrido Karim Leklou (un tipo con una cara triste y seria, con cierto aire Omar Montes), a formar parte de un club que no para de crecer… el de aquellos a los que le parten la cara por que sí. Teniendo en cuenta la creciente sensación de odio social que puebla el planeta (en muchas vertientes y siendo las redes sociales donde te puedes sentir más), la premisa de «Vincent debe morir» es golosa. La esperanza reside sin embargo en el love interest, que, de alguna forma, y entre tanta violencia, arroja un poco de esperanza. No son zombis, son haters.













