Opinión


Tras recibir todo tipo de halagos por los diversos festivales que la han disfrutado (se llevó el premio del público en el SXSW Film Festival), Upgrade de Leigh Whannell, puede que subtitulada en esta tierra como Ilimitado, llega a nuestras manos con idea de hacernos disfrutar de esta grotesca fusión de géneros donde se combinan la ciencia ficción (tanto extrema como sesuda), lo post-apocalíptico y las artes marciales. Salida de la mente y manos de un tipo como Whannell, hombre para todo nacido a la sombra de un James Wan del que es inseparable amigo, nos sirve para adentrarnos en una historia de múltiples matices y donde conviven sin molestarse la venganza, el dolor a diversos niveles, la propia cordura del protagonista y el control del subconsciente de forma falsa e insidiosa. Tras debutar en la dirección a los mandos de Insidious: Capítulo 3 (Insidious: Chapter 3), Whannell nos propone un proyecto diametralmente opuesto a todo lo que previamente había salido de su imaginación. Upgrade es completamente diferente a sus trabajos previos, esos aderezados con las puestas en marcha y continuaciones de dos de las sagas que han hecho grande al previamente mencionado Wan: Saw e Insidious.

Upgrade cuenta la historia de la pareja Grey (Logan Marshall-Green) y Asha Trace (Melanie Vallejo), del asesinato de la segunda y de cómo el primero queda tetrapléjico a manos de los mismos criminales. Ese punto de partida sirve para dar entrada a Stem (título original del film que fue cambiado porque en el fondo no decía nada y, al tiempo, personaje con la voz de Simon Maiden), una inteligencia artificial conectada al sistema nervioso de Grey que le ayudará a recuperar la movilidad, robótica y antinatural, pero movilidad al fin y al cabo. Este nuevo "poder", sirve para que Grey comience a elucubrar sobre el crimen no resuelto, llegando el momento en el que Stem se ofrezca como controlador de su cuerpo para solucionar situaciones claramente adversas. A partir de aquí Whannell jugará su mejores partidas.

Primero usando la baza de Marshall-Green. El actor, no abonado al éxito pero aun así protagonista de delicias como La invitación (The Invitation), vencedora del Festival de Sitges 2015, o superproducciones como Prometheus, sorprende con una interpretación suculenta, una en la que sobresale su desconcertada reacción ante el camino que toma su "controlado" cuerpo. Sí, en Upgrade asistimos a una colección de peleas donde la fisicidad y la brutalidad son la marca de la casa, merced a un eficiente y definitivo estilo de combate con un objetivo claro. Marshall-Green se aterroriza ante lo que su cuerpo hace de forma incontrolada pero, a la vez, necesaria para sobrevivir. Con este punto ganador, Whannel evoluciona la historia de Upgrade hacia derroteros cada vez más tortuosos. Ojo, seguramente no termine de sorprendernos, la obviedad suele ser el peor enemigo de estas películas, pero hay suficientes giros como para que el film termine siendo muy disfrutable. Desde luego Stem orienta, Stem da las pautas, Stem ayuda en situaciones complicadas, Stem no deja de ser una inteligencia artificial creada por la empresa del innovador Eron (Harrison Gilbertson). ¿Y?

Por eso es necesario ver Upgrade, para saber la repuesta a esta pregunta y sobre todo para disfrutar de algunas de las mejores secuencias de acción de los últimos años, así como para confirmar que la tecnología es parte necesaria de nuestras vidas… con lo que esto acabe suponiendo en el futuro.

El primer cartel de Upgrade
Un cartel de Upgrade para el mercado oriental

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Pues llegado el momento no se puede decir otra cosa que nuestro gozo en un pozo. La verdad es que pocas esperanzas había ya con Venom de Ruben Fleischer tras lo movimientos de Sony Pictures anunciando el no deseado PG-13, se esperaba otro tratamiento, y el posterior embargo tras los pases de prensa. Pero tras su visionado, queda bastante claro el poco cariño que el estudio le ha mostrado al personaje comiquero.

El punto de partida para este descenso a los infiernos del simbionte llegado el espacio viene a valorar lo que el film, en su conjunto, nos ofrece. Es curioso, pero la historia de este Venom y cómo ha sido contada no es propia del momento en el que estamos. Parece haberse gestado hace años, antes de que el cine comiquero buscara otros retos, profundizando en sus personajes, en su psique y sacando a flote los temores, terrores e inquietudes de sus protagonistas. Puede que sea tendencia ahora mismo, este tono oscuro que todo lo rodea, y que aquí se pretenda darle la vuelta a la tortilla, pero justo Venom exige ese tono. Es ideal para anotarse un punto bajo el modelo presente ahondando en la compleja relación que hay entre el invasor y su huésped. Sin embargo, se ve que el trabajo sa seis manos de Jeff Pinkner ("Fringe", "Perdidos" aunque también La torre oscura), Scott Rosenberg (Con Air) y Kelly Marcel (Cincuenta sombras de Grey ) ha optado por lo fácil, rápido e indoloro… error garrafal. Vista hace años podríamos haber dicho eso de "sigue la línea habitual", pero hoy en día no queda otra que gritar que "no arriesga lo más mínimo". La relación entre el simbionte y Eddie Brock se resuelve en cero coma, sin lucha interna, asumiendo el periodista su nueva situación, sin temor y angustia por lo que está pasando. Sí, lo pasa mal, pero hay una pasividad y una capacidad de asimilar lo que el cambio supone casi absolutas. Eddie no lo entiende, desespera por momentos, pero tarda un par de minutos en habituarse y ser consciente de todo lo que implica… Pero claro, cuando haces lo que haces, pues ocurre lo que ocurre.

Tras este primer punto seguimos con la pregunta del millón… ¿y de qué ha valido tener a Tom Hardy como gran protagonista? Pues para ver a un actor de su categoría, un verdadero mutante de la interpretación, sucumbiendo a la mayor de las excentricidades. De regalo, se saca de la manga unos momentos de histrionismo dignos del pájaro loco. Sí, juegan a favor de un enfoque, una especie de comedia, pero choca con el otro tono que se le pretende dar… más horror que otra cosa (aunque descafeinado) por la esencia del propio personaje. La presencia de Hardy es lo mejor, pese a todo, pero no se ve acompañado por Michelle Williams, anodina pareja a la que no le cuesta cambiar de chaqueta, o Riz Ahmed, intrascendente villano. Y de ahí pasamos a lo mejor del film, la criatura en si. Venom está bien creado, nada que ver con aquella vampírica versión del Spider-Man 3 de Sam Raimi. El film saca provecho de unos elaborados efectos visuales y crea un Venom a la altura, una bestia salvaje que se mueve no como una araña, si no que como el depredador que es. La química entre Venom y Eddie, las conversaciones que mantienen en la cabeza de este, tienen su guasa, pero no llega. Y entonces sueltan a Riot, ese villano de villanos. Otra sacada de chorra de Sony, cero aprovechada y, desde luego, injustificada. Porque sí, lo del viaje del simbionte Riot es de traca, una flipada del trío de guionistas.

Y claro, la cosa se termina, te quedas a las dos obligadas escenas post-créditos y fin. Al poco te olvidas, te das cuenta de la intrascendencia de Venom, del poco recuerdo que dejará y a otra cosa mariposa.

Cartel molón de Venom por Mondo. De lo mejor
Cartel molón de Venom por Mondo. De lo mejor

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¿Pero qué ha pasado? Creo que esta es la única forma de comenzar una charla acerca de The Predator, el retorno en solitario de la genial creación de Jim y John Thomas ahora revisitada por el siempre gratificante Shane Black, director y guionista, y su amigo Fred Dekker, un obligado de la serie B de los 80 gracias básicamente a cosillas como House, una casa alucinante (House), El terror llama a su puerta (Night of the Creeps) y, sobre todo, Una pandilla alucinante (The Monster Squad). Y es que si bien todos teníamos claro que The Predator era pura serie B con envoltorio de gran estudio, 20th Century Fox, una vez vista y pensada, se te queda la cosa en serie B, correcta, pero carente de la entereza que se le presuponía gracias a la mitología detrás del ser que hay tras el título. Ojo, la película está repleta de referencias al pasado / presente de Black y Dekker (risa enlatada), por ejemplo ese grupo de militares con problemas mentales enfrentados a la criatura del espacio, que no dejan de ser una evolución adulta y militar de aquella pandilla disfuncional que plantaba cara a Drácula, la Momia, Frankenstein o el Hombre Lobo en 1987, o esa metralleta en forma de diálogo plagada de humor negro y comentarios mordaces (marca de la casa Black). Hay saludos al Depredador (Predator) de John McTiernan, hay un uso masivo de la música original de Alan Silvestri, pero también hay un nuevo rumbo chocante con lo que todos esperábamos ver… y da la sensación de que la idea original era esa.

Por lo tanto, The Predator no engaña y ofrece lo que promete, cine de acción de primera fila del que todos disfrutamos, pero incumple con uno de los mínimos que se le puede exigir ya no a un film de esta saga, si no a un director como Black. Claro está, viendo al cantidad de rodaje de nuevas escenas que ha tenido el proyecto, los ajustes pedidos por le estudio para cerrar referencias y, sobre todo, la ausencia de un montón de secuencias vistas en los trailers ahora en la película… pues eso, suena a proyecto de estudio más que de su director (o eso quiero pensar). Volviendo al tema, resulta que The Predator sufre de un mal terrible en forma de caos narrativo o de abrupto montaje repleto de inconsistencias. Esta narración a trompicones hace que uno se pierda de principio a fin dejando, de paso, un poso de incongruencia cuando ves las decisiones que se toman o las situaciones a las que se enfrentan el elenco de protagonistas del film.

Porque hablando de protagonistas, partimos de Boyd Holbrook, un francotirador de no se sabe qué cuerpo que tan pronto está en México dando buena cuenta de narcotraficantes, como sabiendo usar artilugios extraterrestres que se encuentra tras el accidente de la nave del inicio del film, hasta liderando una unidad de combate estrambótica y claramente encuadrada para ser un múltiple alivio cómico (no queda claro si necesario o innecesario), pasando por Olivia Munn, una bióloga de universidad que de buenas a primeras se encuentra no sólo delante de una criatura como un Depredador, si no que dando buena cuenta de él en modo berserker, también sabiendo usar artilugios extraterrestres de buenas a primeras, y recolectando aquello que hará recordar a los caídos (estén donde estén sus restos), hasta Jacob Tremblay, un chaval con autismo convertido en una máquina de matar ante la intrigada mirada del nuevo Depredador, y este ya no es que sepa usar artilugios extraterrestres, es que es el gurú en esta parte de la galaxia. De estos tres, principales, saltamos a la unidad de locos militares, donde destacan con diferencia Trevante Rhodes, Keegan-Michael Key y Thomas Jane, o a ese tipo que no se sabe que narices pretende y que responde al nombre de Traeger (Sterling K. Brown).

The Predator es en definitiva cine de antaño, cine de estantería de videoclub, cine de serie B, pero hay que ser conscientes de que demasiada mano le han metido provocando un estropicio impropio del cine de Shane Black. Y ese final, ese final… ese final de que no se puede hablar aquí porque sería un SPOILER como una casa, pero ese final es indigno, y no digo más, de una saga como esta. Ah, para terminar habría que hablar de los problemas de iluminación, del uso de CGI para el gore, de las criaturas extra que no vienen a cuento y de ese triste recuerdo a la olvidable y olvidada Mercury Rising. En fin, demasiadas cosas mal colocadas, dando la sensación de que The Predator ha sido construida con retales de si misma tras ser despedazada en un despacho de directivos de 20th Century Fox.

Han sido pocos los carteles de The Predator, pero cada nuevo conocido ha molado más que el anterior
Han sido pocos los carteles de The Predator, pero cada nuevo conocido ha molado más que el anterior

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Tras su paso por el pasado Festival de Sitges, donde su responsable se llevó el premio a la mejor dirección, al fin ha llegado a los cines, aunque de forma limitada, Revenge, el violento (o hiperviolento) film de la parisina Coralie Fargeat.

Partamos de un hecho evidente, Fargeat juega sus cartas de forma indudablemente consciente. Primero por el simple hecho de servirse del mayor de los excesos para poner ante el espectador, ya sea masculino o femenino, una suerte de John Rambo con cara de Matilda Lutz (ese corto homenaje Cloverfield titulado "MEGAN" o la perezosa Rings de F. Javier Gutiérrez). Si Rambo pudo, ¿por qué no va a poder esa joven frágil, grácil y de rostro angelical que responde al nombre de Jennifer? Segundo, porque en el exceso está la clave. Si te pasas de serio la película sería aborrecible por misógina, cruenta y salvaje, pero si te excedes hasta el paroxismo entonces lo que te queda es una autoparodia gore que muchas veces ha sido ya pasto de nuestras retinas (y de nuestra capacidad de abstraernos para no acabar vomitando ante semejante dislate). Tercero, sorprendente o no, Revenge muestra desde el punto de vista de una mujer el lado más repudiable de las visiones masculinas que pueblan nuestro mundo. En esta era del empoderamiento femenino, Revenge planta en su primer tercio a una mujer objeto, un pelele en manos de hombres que "interpretan" mal los mensajes que transmite… aunque cuando la mona viste de seda mona se queda (porque citar a Santiago Seguro es demasiado fuerte).

Revenge juega muy bien esta doble clara, arranca proponiendo un juego sucio, de incitación, de tirar la caña para luego esconderla, y de nauseabunda realidad. Luego se saca la chorra y se mea en todo eso… ¿cómo? Pues mutando a Jennifer en una suerte de Lady Death que no deja títere con cabeza, y eso que no hay desmembramientos ni amputaciones. Revenge se sirve del exceso por exceso como ya hicieron en su día Sam Raimi en Terroríficamente muertos (Evil Dead 2: Dead by Dawn) o Peter Jackson en Tu madre se ha comido a mi perro (Braindead). Hay tanta sangre en Revenge que cuesta entender cómo no se ahogan Jennifer y los tres engendros que la acosan.

En definitiva, Revenge es una joyita, no apta para todos los paladares por lo truculenta que puede resultar, pero de obligada visión para echarte unas buenas risas a costa de esos dos mundos que nos plantea Fargeat, el aborrecible de la misoginia y la mujer como objeto, tratado por una directora, y el del gore slapstick tratado entre la seriedad y lo muy paródico.

Cartel festivalero de Revenge
Cartel festivalero de Revenge

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De obligada visión es Megalodón (The Meg), digo de obligada visión porque sirve como perfecto ejemplo para valorar hacia dónde va mucho del cine que se hace hoy en día y que funciona bajo el sello de supuesto blockbuster (o eso pretenden vender a base de inversiones pantagruélicas). Si bien a estas alturas no debería coger a nadie por sorpresa, la evolución del proyecto no hacía presagiar nada bueno tras cada paso dado (un reparto a todas vistas erróneo, un director obsoleto pero claramente manejable, o ese enfoque de producción buscando lo mainstream). Lo triste del tema es que vista cuesta horrores encontrar justificación a los 130 millones de dólares invertidos por un estudio como Warner Bros., madre mía las ligas que está decidiendo jugar últimamente en el terreno de las grandes producciones de Hollywood (me vienen a la memoria cosas como Geostorm, Rampage o Tomb Raider).

Y es que este Megalodón es ideal para recomendar a las mentes pensantes de cierto estudios que se paren a meditar sobre lo que se está haciendo. Megalodón es seguramente la serie B más cara de la historia, y un subproducto que sobrevive a base de clichés tan sangrantes que tanta autoparodia acaba jugando en contra de si mismo. La relación padre / hija de toda la vida, que si te pido perdón por haber sido tan duro contigo (si bien esto te ha convertido en mejor persona), el millonario que no sabe donde invierte y que luego pretende arreglar las cosas a su modo, el yo me sacrifico por todos, no os preocupéis que ya te mando una carta de despedida a mi mujer, el te pego un susto para acto seguido mostrarte el más grande todavía, el me he equivocado contigo y tenías razón, por ello me sacrifico por todos… etc, etc, etc. Podría seguir así cuarenta líneas más y habría desmenuzado el guión completo, porque se supone que lo hay, de Megalodón. Otro punto sangrante son esas ansias que tienen ahora los estudios por lamer el culo, y no se puede decir de otra forma, al gran mercado asiático, y más concretamente al chino. Plataforma petrolífera en China, heroína de segunda fila china, niño repugnante chino, lugar de la acción China. No digo con esto que todo deba ocurrir en los USA, desde luego que no, pero son ganas de mirar al ombligo de un mercado que da dinero pero que sin embargo acaba repercutiendo en el resto que también te observa.

El resto pues sota caballo y rey. Megalodón es entretenida, sí, Megalodón tiene a Jason Statham, sí, Megalodón vive del cuento en un tiempo donde todo lo vale. Si antes dije serie B, casi uno se la puede jugar diciendo que roza la Z a base de unos escalofriantes efectos digitales usados ad náuseam y que no hacen más que provocar que echemos de menos tiempos mejores, cierto que por momentos más cantarines, pero que daban cierto encanto de realidad al producto y sobre todo a su criatura. Y ojo, porque encima con tanto recorte que se ha hecho como aseguran su director, Jon Turteltaub eres un director sin personalidad, y su protagonista Statham, indicó no hace mucho que de lo que se concibió a lo que se ha hecho hay un proceso hacia lo irreconocible, Megalodón es un producto más, sin personalidad y sin los arrestos suficientes como para jugársela en terrenos pantanosos como los añorados de Piraña 3D (Piranha 3D) de Alexandre Aja, en la que Eli Roth muere aplastado por una barca.

Fabuloso cartel de Megalodón... no le hace sombra lo que en realidad es
Fabuloso cartel de Megalodón… no le hace sombra lo que en realidad es

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Cuando Brian De Palma hizo en 1996 que Tom Cruise acabara con una hélice del rotor de un helicóptero a 2 centímetros de su carótida tumbado sobre el morro del tren de alta velocidad francés nació un mito. Unos años después el mismo Cruise protagonizaba un duelo medieval contra Dougray Scott a lomos de una motocicleta haciendo virguerías varias con una pistola al tempo que marcaba el maestro de las palomas John Woo. Eso sí, la saga evolucionaba, casi de forma paródica, pero nunca bajo una identidad. Tras un parón de 6 años entró J.J. Abrams a meter mano y se trajo la pata de conejo y su caja de MacGuffins, un villano fabuloso con cara de Philip Seymour Hoffman, una historia íntima para su protagonista y una esencia que desde ese 2006 se ha mantenido como buena hoja de ruta de una saga que no deja de sorprender. Misión: Imposible – Fallout (Mission: Impossible – Fallout) además de cumplir con esa marca que tan bien la define, es un brutal frenesí de dos horas y media de duración, dos horas y media en constante aceleración y de aparente cierre, al menos de uno de los arcos que todavía estaban abiertos del ciclo iniciado hace ya más de una década.

Por lo tanto, Misión: Imposible – Fallout es una joya del cine de acción que engancha de principio a fin merced al gran trabajo de Christopher McQuarrie, que regresa del anterior film, y que vuelve a contar otra vez con Rebecca Ferguson o ese villano con cara de Sean Harris… un villano de los que se agradece que perduren. Pero aun así lo más alucinante de todo es asimilar que tras 22 años encarnando al agente Ethan Hunt, Tom Cruise sigue siendo un portento físico, un actor que no sólo trata de hacer de cada nuevo capítulo el más increíble, si no que aprovecha cada misión imposible para dejar claro que él es el único héroe de acción que existe a día de hoy… sí, Cruise es superior a Jackie Chan en ESE aspecto. Uno no sabe de dónde saca tanta debilidad, pero a sus 56 años Cruise corre, se sube a helicópteros que vuelan a toda velocidad, hace saltos en paracaídas, conduce motocicletas, se parte de tortas con todo el que se le ponga delante y se parte piernas saltando de edificio en edificio por Londres. Tom Cruise es un dios y cuesta imaginar cómo hace lo que hace… porque LO HACE.

Y ojo, porque Cruise se apoya en McQuarrie, un director que le conoce, que ya ha hecho con él la magnífica Jack Reacher, que ya ha ofrecido el punto partida a su personal batalla con el anarquista Solomon Lane (Harris), y que ahora le enfrente al martillo pilón Walker (Henry Cavill), ese Clark Kent con bigote y barba de dos días que amartilla sus brazos para partir caras y paredes a partes iguales. Sumad además la hiperrealidad de Misión: Imposible – Fallout, cine de acción puro, para nada cansina, y generosa en cuanto a los excelsos esfuerzos que hace y ofrece. Cruise se desvive por cada cosa que hace, se le nota, y es digno de aplauso. No sé si será la mejor de la saga, pero desde luego es una de las mejores películas de cine de acción que uno puede ver en estos momentos y más echando la vista atrás unos cuantos años. Misión: Imposible – Fallout es genial.

Cartel IMAX de Misión: Imposible - Fallout
Tom Cruise, hasta en los carteles lo da todo… Misión: Imposible – Fallout

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En este 2018 Marvel Studios ha marcado ya su triple descarga cinematográfica. Todo arrancó con su obra más shakesperiana hasta la fecha con permiso de Thor, la no muy entretenida Black Panther, luego llegó su desbordante apuesta por la épica más trágica, esa joya del género que es Vengadores: Infinity War, y a mediados de año ha cerrado su periplo con Ant-Man y la Avispa (Ant-Man and the Wasp), una comedia de acción bastante simple que casi podría haberse titulado El chip prodigioso (Innerspace) versión 2.0.

Resulta que Peyton Reed regresa tras las cámaras para contar, merced al guión de Chris McKenna, Eric Sommers, Andrew Barrer, Gabriel Ferrari y Paul Rudd (ese Paul Rudd), la misma historia que ya narró en Ant-Man, eso sí, introduciendo un nuevo elemento en la coctelera comiquera que, sin embargo, no tiene lugar hasta que vemos la secuencia mid-credits de esta minúscula obra. Quizás sea este el momento más importante del film, pero para llegar al chocante instante previamente hemos tenido que dar vueltas a cerca de dos horas de metraje en las que Scott Lang (Rudd), Hope Van Dyne (Evangeline Lilly), Hank Pym (Michael Douglas) y Luis (Michael Peña) se embarcan en una aventura completamente previsible adornada con una villana de cero trascendencia.

La cosa se pone en marcha contando de nuevo lo que ya vimos en Ant-Man, Pym y su esposa Janet (Michelle Pfeiffer), generosa muestra de que el software de rejuvenecimiento de Marvel Studios funciona correctamente, evitan una catástrofe mayúscula al derribar un misil nuclear que iba a impactar contra una importante ciudad de los Estados Unidos de America. Por lo tanto, la Avispa original entrando en el reino cuántico y no pudiendo salir de él. Lo mismíto pero ampliado. Conclusión, el espectador ya sabe el rumbo que va a seguir el film, la obsesiva búsqueda de Janet teniendo en cuenta que Scott estuvo en ese micro mundo y logró salir de él. De aquí en adelante sota, caballo y rey. El guión de los arriba nombrados nos muestra señales de originalidad si no más bien de obligada continuidad. Ant-Man y la Avispa se queda por lo tanto en una obra más dentro del MCU, de la nueva fase del sub-estudio Disney o lo que queráis entender como gran plan del CEO Kevin Feige. Tiene lugar justo después de lo acaecido en Europa, los acontecimientos de Capitán América: Civil War (Captain America: Civil War), y en paralelo a lo que ocurre en New York, Vengadores: Infinity War, si bien en ningún momento el espectador es consciente de esto último… cosa improbable si nos atenemos a un mínimo de lógica consecuente. Con el viaje al reino cuántico como hilo argumental central, la aventura trata de ganar cierta dinámica viéndose adornada por dos villanos intrascendentes y desaprovechados. Por un lado está Sonny Burch, encarnado por Walton Goggins, traficante con vínculos pasados a S.H.I.E.L.D. y por lo tanto H.Y.D.R.A. El personaje de Goggins se queda al nivel de Justin Hammer (Sam Rockwell), curiosamente un villano de segunda en la también tristona Iron Man 2 encarnado por un actor que con seguridad podría ofrecer mucho más. La otra villana es Ghost (Hannah John-Kamen), personaje sin motivación alguna más allá de su propia supervivencia, y que finalmente queda en anécdota de la historia que se nos cuenta tras esas apuestas previas de gran impacto como fueron el amoral Killmonger (Michael B. Jordan) o el genocida Thanos (Josh Brolin)… si es que hasta el Grandmaster (Jeff Goldblum) de Thor: Ragnarok presenta inquietudes más aprovechables que la pobre Ava.

En definitiva, unos geniales efectos visuales (imposible defraudar), comedia como base narrativa (parece que no hay otra posibilidad para el personaje), y chascarillos varios a costa de Luis y sus amigos de faena, o de ese agente del FBI interpretado por Randall Park. Pero la chicha, la razón de ser parte de un todo tan grande, se queda en la idea de que esta película (muy entretenida, eso innegable) no es más que un engranaje en una maquinaria que busca continuidad. Así que, salvo por esa escena mid-credits que otorga al producto una mayor entidad de la que realmente quiere abarcar, Ant-Man y la Avispa es un film de tránsito.

Uno de los carteles de Ant-Man y la Avispa
Uno de los carteles de Ant-Man y la Avispa

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El primer día surgió de la nada un director / guionista debutante llamado Ari Aster, un cineasta con una mirada fresca que aportar al género del terror. El segundo día Aster elaboró un drama retorcido, truculento, asfixiante e indiscutiblemente muy desesperante. El tercer día el bueno de Ari presentó el guión de su opera prima a la gente de A24 y esta fue automáticamente aprobada. El cuarto día este ya director a seguir logró juntar en pantalla a dos veteranos de la talla de Toni Collette y ese desaparecido, e infrautilizado, Gabriel Byrne. El quinto día Ari Aster completó el reparto con la presencia de un par de jóvenes hasta el momento desconocidos por el gran público, el muy sufrido Alex Wolff y la muy sorprendente Milly Shapiro. El sexto día Hereditary se rodó con el objetivo de convertirse en una de las películas referente del terror de este 2018. El séptimo día Ari Aster descansó y observó con detenimiento su obra y la congoja que causaba entre el público.

Pues sí, Hereditary es una singular joya del género de terror de corte posesivo. En la línea de grandes clásicos que todos conocemos, me ahorro títulos para no desvelar secretos de la trama, Ari Aster fragua una historia coral centrada en los cuatro miembros de una familia donde secretos varios ocultan a los miembros una realidad bastante grotesca. Hereditary es la historia de la cabeza de familia Annie (Collette) y su progresiva transformación tras la muerte de su madre. Con la familia como centro narrativo, ese punto de partida (el fallecimiento de la matriarca), sirve de detonante y entrada en una extraña espiral donde los acontecimientos más inesperados se suceden de forma vertiginosa y asfixiante. Traumas por doquier inflaman las relaciones, provocando la ruptura y poniendo en relieve lo frágil que es todo entre los Graham. Charlie (Shapiro) y la dependiente relación que tenía con su abuela, Peter (Wolff) y su singular suplicio / periplo pesadillesco cuasi real, Steve (Byrne) sufriendo por dentro lo indecible y viendo como todo a su alrededor se desploma de forma incontrolada. Pero en el fondo todo es Annie, emocionalmente destruida y brutal protagonista de esta historia paranormal y fantasmagórica. Pero ojo, porque a lo largo de este desesperado drama de destrucción familiar asistiremos también a crueles sesiones de violencia, mucha física, sí, pero muchas más emocional y en ocasiones enfermiza.

Pues eso, que Hereditary vale mucho la pena. Ideal para pasar un mal rato y sentir como la losa de la desesperación hace mella durante sus dos horas de metraje… hasta acabar por destruirlo todo.

Uno de los carteles de Hereditary
Uno de los carteles de Hereditary

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Ya iba siendo hora de echar un vistazo al nuevo episodio de la renovada franquicia jurásica en manos, esta vez, del siempre gratificante Juan Antonio Bayona. El hijo predilecto del nuevo cine mainstream nacido en España (El orfanato, Lo imposible y Un monstruo viene a verme) llega por la puerta grande a un sello gigante, con una historia por detrás de icono cinematográfico que marcó un antes y un después en el uso de los efectos visuales y su combinación con imposibles concepciones prácticas (te echamos de menos Stan Winston). Avalado por El rey Midas, apoyado por Colin Trevorrow, acompañado por sus inseparables de siempre, Eugenio Mira entre ellos, Bayona tiene todo lo que hay que tener para dar un merecido renovador giro a esta franquicia que amasa dinero como quien junta granitos de arroz.

Lo que pasa es que muy a nuestro pesar Jurassic World: el reino caído (Jurassic World: Fallen Kingdom) no deja de ser un nuevo copia pega / refrito de los filmes pasados de Steven Spielberg, un mejunje de ideas ya explotadas que por repetición resultan algo cansinas (y si, pese a lo nuevo que pueda aportar… que haberlo hailo, como as meigas). Bayona logra dar al proyecto un tono diferente, más terrorífico si cabe, ya no tanto por los dinosaurios en sí, si no más bien por ese elenco de personajes encabezados por Toby Jones (Berberian Sound Studio) que conforman un submundo de todopoderosos oligarcas, tiranos, terroristas y dictadores que no dudan en ser parte de un nuevo fructífero negocio… el tráfico de dinosaurios. Pero claro, para alcanzar esta idea final el camino seguido ha sido el mismo que se nos contó en la entretenida Jurassic Park: el mundo perdido (Jurassic World: The Lost World), cazadores de dinosaurios ansiosos de su trofeo incluido. Bayona narra su historia en dos escenarios distintos, el ya clásico Isla lo que sea (Nublar, Sorna…), y una atrevida mansión victoriana decorada con Geraldine Chaplin haciendo el papel en el que lleva encasillada ya unos cuantos años. La propuesta es jugosa, pero se queda en poco al recluir en un entorno minúsculo criaturas de tamaño fantástico. Mucho susto inesperado, ideal para hacernos saltar de la butaca, y una secuencia potente en un cementerio, digo museo, de dinosaurios. Final bañado en un poco de sangre.

El resto es lo que ya vimos en el film del 2015, Chris Pratt haciendo de Indiana Jones (muy divertida la secuencia corriendo al más puro estilo En busca del arca perdida y los obitos), el factor cómico sobre los hombros del informático de turno (Justice Smith), Bryce Dallas Howard tan perfecta como siempre, un pack villano estándar del todo (cazador + empresario) y dinosaurios creados a partir de lo mejor de los existentes. No hay más. Bueno, miento… además de una innecesaria secuencia post-créditos homenaje digamos a por ejemplo El mundo perdido (The Lost World) de Harry O. Hoyt, tenemos ese aserto genético que, de buenas a primeras queda como gran MacGuffin del film de Bayona. Está ahí, muy bien, sorprendente y… ¿y? Vale que entretiene, pero francamente sabe a muy poco.

Cartel molón de Jurassic World: el reino caído
Cartel molón de Jurassic World: el reino caído

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Al fin he podido encontrar un momento para hablar de Han Solo: una historia de Star Wars (Solo: A Star Wars Story), ese viaje al pasado para conocer los orígenes de Han Solo, el contrabandista más icónico de la Guerra de galaxia. Es hora, además, de ir por partes para ver qué ha salido de la factoría Disney / Lucasfilm.

En primer lugar hay que dejar claro que Han Solo es una película francamente entretenida, eso es innegable, pero pese a su entretenimiento adolece de diversas taras que puede que provoquen que no sea todo del agrado del respetable. La primera de todas es tratar de dar respuesta a una arriesgada y desde luego discutible pregunta como ¿cuán necesario es centrarse en un icono de la saga? Hay que reconocer que las comparaciones son odiosas, y el reto al que se han enfrentado a Alden Ehrenreich es desde luego plato de difícil gusto… la sombra de Harrison Ford es extremadamente alargada y demasiado persistente en la mente del fandom. Han Solo además pretende jugar en una liga similar a la de la saga original, por eso de ser Solo su protagonista, abarcando por lo tanto un escenario narrativo mayor que el planteado por Rogue One. Sin embargo el efecto logrado es el contrario, estamos ante una historia menos elaborada que Rogue One y sin lugar a dudas bastante lejos de postularse como una aventura a la altura de los episódicos capítulos nacidos en 1977. Porque sí, de alguna forma Han Solo aparenta ser un primer capítulo, pero sin embargo los films antología nacieron bajo el sello de historias sueltas dentro de un universo conocido. Por lo tanto, ahí donde Rogue One triunfó (el final era un golpe en muchos aspectos), Han Solo ha fallado (uno se queda con cara de ¿y ya está?)…

Han Solo, a diferencia de lo que se podía esperar, sigue con sabiduría las pautas marcadas por el cine más clásico y en modo western del espacio con notables aportes vieja escuela, adentra al espectador en una historia vibrante a la par que pausada. Es de aplaudir que se apueste por este estilo narrativo / visual en esta era de puro frenesí donde va todo pasado de vueltas y a más velocidad de la que el cerebro humano puede procesar. Han Solo llega envuelta por aroma a revolver y pólvora, con forajidos de leyenda como Beckett (Woody Harrelson), Val (Thandie Newton) o Rio (la voz de Jon Favreau), un impagable robo a un tren, el encuentro entre el protagonista y su fiel compañero de fatigas Chewbacca (Joonas Suotamo), ese primer amor llamada Qi’ra (Emilia Clarke) que vuelve de la forma más inesperada posible, viejas partidas de cartas de saloon donde te juegas hasta el caballo, amistades de las que se forjan a golpe de engaño como la de Lando Calrissian (Donald Glover), rebeliones de las clases más castigadas bajo el puño de L3-37 (la voz de Phoebe Waller-Bridge), mineros y minas de Kessel, charlas y confesiones a la luz de una hoguera, duelos de los que marcan una vida y un villano (flojo) que responde al nombre Dryden Vos (Paul Bettany). Ya lo decía Howard en alguna entrevista, Han Solo bebe de muchos lados, pero juega sus cartas al ritmo de Los vividores (McCabe & Mrs. Miller) de Robert Altman.

Pero claro ahí nuevamente Han Solo cumple con eso de una de cal y otra de arena. Estamos ante un film donde se ha optado por lastrar a una gran cantidad de sus personajes de una carencia total de empatía e intrascendencia. Ahí donde Beckett rompe moldes, Woody Harrelson ES el mejor personaje de la película, otros transitan sin mayor interés (y eso duele). No hay emotividad y Han Solo como película CARECE de corazón. No queda claro que ha pasado en Disney / Lucasfilm pero Ron Howard debió dar un giro de 180 grados a lo que Christopher Miller y Phil Lord pretendían contar, aunque eso es algo que quedará oculto para siempre salvo que estos dos decidan ponerse a hablar del enfoque que pretendían dar a este western del espacio. Igual Lord y Miller querían una Sillas de montar calientes (Blazing Saddles) y el estudio esperaba más un Duelo al sol (Duel in the Sun)…

¿Es un error Han Solo? ¡Para nada!, apunta a fiasco económico si miramos los datos de su primer fin de semana, recuerda a que podría acabar siguiendo el mismo rumbo que ya sufrieron joyas como John Carter, pero desde luego no es un error. Es un film Star Wars atípico, no sé si es lo que el fan esperaba, pero es algo que si lo paladeas puedes acabar pillándole el gusto. No obstante le falta punch, le falta asimilar el concepto de verdadero clásico y se queda en el estándar del género del que bebe. Igual debe verse varias veces para encontrar lo que realmente oculta…

Probablemente uno de los carteles más molones de Han Solo: Una Historia de Star Wars
Probablemente uno de los carteles más molones de Han Solo: Una Historia de Star Wars

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Publicado por Uruloki en

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