Pues llegado el momento no se puede decir otra cosa que nuestro gozo en un pozo. La verdad es que pocas esperanzas había ya con Venom de Ruben Fleischer tras lo movimientos de Sony Pictures anunciando el no deseado PG-13, se esperaba otro tratamiento, y el posterior embargo tras los pases de prensa. Pero tras su visionado, queda bastante claro el poco cariño que el estudio le ha mostrado al personaje comiquero.

El punto de partida para este descenso a los infiernos del simbionte llegado el espacio viene a valorar lo que el film, en su conjunto, nos ofrece. Es curioso, pero la historia de este Venom y cómo ha sido contada no es propia del momento en el que estamos. Parece haberse gestado hace años, antes de que el cine comiquero buscara otros retos, profundizando en sus personajes, en su psique y sacando a flote los temores, terrores e inquietudes de sus protagonistas. Puede que sea tendencia ahora mismo, este tono oscuro que todo lo rodea, y que aquí se pretenda darle la vuelta a la tortilla, pero justo Venom exige ese tono. Es ideal para anotarse un punto bajo el modelo presente ahondando en la compleja relación que hay entre el invasor y su huésped. Sin embargo, se ve que el trabajo sa seis manos de Jeff Pinkner ("Fringe", "Perdidos" aunque también La torre oscura), Scott Rosenberg (Con Air) y Kelly Marcel (Cincuenta sombras de Grey ) ha optado por lo fácil, rápido e indoloro… error garrafal. Vista hace años podríamos haber dicho eso de "sigue la línea habitual", pero hoy en día no queda otra que gritar que "no arriesga lo más mínimo". La relación entre el simbionte y Eddie Brock se resuelve en cero coma, sin lucha interna, asumiendo el periodista su nueva situación, sin temor y angustia por lo que está pasando. Sí, lo pasa mal, pero hay una pasividad y una capacidad de asimilar lo que el cambio supone casi absolutas. Eddie no lo entiende, desespera por momentos, pero tarda un par de minutos en habituarse y ser consciente de todo lo que implica… Pero claro, cuando haces lo que haces, pues ocurre lo que ocurre.

Tras este primer punto seguimos con la pregunta del millón… ¿y de qué ha valido tener a Tom Hardy como gran protagonista? Pues para ver a un actor de su categoría, un verdadero mutante de la interpretación, sucumbiendo a la mayor de las excentricidades. De regalo, se saca de la manga unos momentos de histrionismo dignos del pájaro loco. Sí, juegan a favor de un enfoque, una especie de comedia, pero choca con el otro tono que se le pretende dar… más horror que otra cosa (aunque descafeinado) por la esencia del propio personaje. La presencia de Hardy es lo mejor, pese a todo, pero no se ve acompañado por Michelle Williams, anodina pareja a la que no le cuesta cambiar de chaqueta, o Riz Ahmed, intrascendente villano. Y de ahí pasamos a lo mejor del film, la criatura en si. Venom está bien creado, nada que ver con aquella vampírica versión del Spider-Man 3 de Sam Raimi. El film saca provecho de unos elaborados efectos visuales y crea un Venom a la altura, una bestia salvaje que se mueve no como una araña, si no que como el depredador que es. La química entre Venom y Eddie, las conversaciones que mantienen en la cabeza de este, tienen su guasa, pero no llega. Y entonces sueltan a Riot, ese villano de villanos. Otra sacada de chorra de Sony, cero aprovechada y, desde luego, injustificada. Porque sí, lo del viaje del simbionte Riot es de traca, una flipada del trío de guionistas.

Y claro, la cosa se termina, te quedas a las dos obligadas escenas post-créditos y fin. Al poco te olvidas, te das cuenta de la intrascendencia de Venom, del poco recuerdo que dejará y a otra cosa mariposa.

Cartel molón de Venom por Mondo. De lo mejor
Cartel molón de Venom por Mondo. De lo mejor