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Opinión


"El parque está abierto" y desde ya estamos todos invitados a pasar por la sala de cine y viajar, en parte, a otro tiempo, uno en el que quedamos perplejos disfrutando de un imposible titulado Parque Jurásico (Jurassic Park, 1994). Arranca junio y con ello la temporada de estrenos veraniegos, el primer plato que nos sirven desde el otro lado del charco es Jurassic World (2015), el esperado retorno al mundo creado por Michael Crichton que fue traducido en magia cinematográfica por Steven Spielberg, John Williams y un shock tecnológico en forma de combinación mágica de animatronics y efectos visuales CGI de mírame y no me toques creados por maestros de la talla de Stan Winston, se te echa de menos, Dennis Muren, Phil Tippett o Michael Lantieri. Jurassic World es una película fiel, una secuela como se espera, francamente superior a aquella olvidable Parque Jurásico III (Jurassic Park III, 2001) y mas aventurera y agradecida que la correcta pero transitoria El mundo perdido (The Lost World: Jurassic Park, 1997). También deja claro que es difícil sorprender y que es complejo dejar perplejo, este es el cuarto intento, así que nada mejor que orientar el producto al nuevo público objetivo que debe hacerse amiga de una saga que merecía ser rescatada por todo lo que puede ofrecer si hablamos de entretenimiento en butaca. Hagamos todo mucho más grande pero seamos fieles a los que hace 20 años fliparon en las salas.

Jurassic World ofrece todo lo que se puede esperar de ella, ya sea bueno o malo, y entre ello hay un repaso al pasado con referencias obligadas y agradecidas a aquel intento de parque que John Hammond (Richard Attenborough) trató de montar aunque con resultados un pelín funestos. A parte de que todo se ha puesto en marcha y por lo tanto no es un "mirad lo que puede ser" si no que es un "disfrutad de lo que es", uno se lo pasa bien viendo de nuevo la entrada al parque, simpática evolución del coche eléctrico al tren eléctrico, el guiño de Mr. ADN, el dilofosaurio en modo proyección 3D, la visita al edificio central del parque original, etc. Sumado a esto pues los mismos elementos que dieron forma a los films de Steven Spielberg, que no se olvide nadie que fueron dos. El héroe es en este caso perfecto, Chris Pratt y su Owen fusionan todo lo que eran por separado Alan Grant (Sam Neill) e Ian Malcolm (Jeff Goldblum), amor por los dinosaurios, galantería / machismo y liderazgo (o nuevamente machismo de caracter alfa). Genial, aplausos… pero empieza la cosa a no convencer del todo. La protagonista femenina, alejada por completo de las previas encarnadas por Laura Dern y Julianne Moore, es curiosa en muchos aspectos, y más porque no se quita los tacones ni para correr delante de un Tyrannosaurus Rex, que se supone se la merendaría a 40km por hora. Que sí, que Bryce Dallas Howard es un encanto de mujer y una belleza que quita el hipo, pero su personaje es relamido, estirado y crédulo, amén de facilón. Luego tenemos a los niños de rigor, nuevamente tan protagonistas, si no más, que los odiosos Tim y Lex ya que prefiero olvidar a los de las dos anteriores secuelas. No sé por qué los niños son así, igual es parte de la cláusula que reza "secuela aprobada", pero sobrevivir en un mundo como el que plantea Jurassic World donde palman hasta militares de operaciones especiales sólo está al alcance de los más molones, ¡aupa Owen!, o los niños. Hay villano de rigor, ese Hoskins encarnado por Vincent D’Onofrio vuelve a ser reflejo de ideas pasadas, lo mismo que el personaje que encarna Irrfan Khan. Vamos, que Jurassic World es un más que sentido homenaje… creo que decir que es un rip-off sería pasarse.

¿Pero hay diferencias? Claro que sí, como as meigas, hailas! Por lo pronto hay un dinosaurio mucho más grande. Ese Indominus rex creado en el laboratorio, criatura ad-hoc para mejorar el rendimiento de una atracción que se ve mueve millones. Un dinosaurio extremo, cercano al concepto del serial killer de peli de terror ya que mata por placer. Y a partir de ahí la fórmula que se sabe funciona, descontrol, la naturaleza abriéndose paso, muchos dinosaurios, la idea de los velocirraptores "domados" y como decía Ian Malcolm "uh, ah, esto es el principio… pero luego vienen las carreras y también los gritos". Jurassic World es eso, descontrol, dinosaurios a cascoporro y puede que una importante carencia de nuevas ideas. Pero bueno, el cine es entretenimiento y si funciona pues nada, alegría de la vida y todos tan contentos. La película va adelante, con sus obligados altibajos, algunas cosas que sobran, otras que vuelven a beber del pasado molando, y, eso sí, una sobrecarga de CGI que, en mi caso, desilusiona un poco / bastante. Este mismo fin de semana han puesto en la tele los films previos y mira que quedaban de maravilla los dinos en formato físico para primeros planos, etc.

Uno de los valores a tener en cuenta de este Jurassic World
Uno de los valores a tener en cuenta de este Jurassic World

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"¿Queréis salir de aquí? Hablad conmigo", esto era lo que Max (Mel Gibson) prometía a un grupo de supervivientes del páramo en la obra de culto Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera (Mad Max 2: The Road Warrior, 1981). "¿Queréis verdadero cine de acción? Hablad conmigo", esto fue lo que George Miller nos prometió cuando se anunció este nuevo Mad Max: Furia en la Carretera (Mad Max: Fury Road, 2015) hace ya un buen puñado de tiempo. Sangre, sudor y lágrimas, una producción complicada, elaborada hasta el más mínimo detalle, cuidada y deseosa de traer al nuevo siglo un modelo de cine que ya habíamos olvidado. George Miller ha trabajado duro y una vez vista Mad Max: Furia en la Carretera no se puede decir más que este australiano es un artesano, un verdadero maestro, un genio convencido de que la fórmula sigue funcionando y un señor capaz de meternos en vena dos horas de acción sin pausa, de auténtico frenesí, de atronador espectáculo, de referencias e iconos, de paranoia, de situaciones impactantes, imparables e impagables, de locura enfermiza deudora del mismísimo Lord Humungus (Kjell Nilsson) y de conocimiento absoluto de conceptos como el del ritmo en el cine (ya sea pasado, actual o futuro). Mad Max: Furia en la Carretera es una odisea digna de verse una y mil veces, y que pese a tener defectos, que los tiene, supura cine espectáculo por todos sus putos costados, desprende aroma a queroseno y a desierto infinito.

George Miller se lo ha currado, ha vuelto a pensar en aquello de que el cine de acción es como una obra de ballet y cada movimiento debe ser pensado hasta el extremo. Todos los detalles, todos los cuidados, todos los pasos siguientes a dar deben ser meditados, coreografiados y cumplidos a raja tabla para lograr lo que ahora se ve en cines… Mad Max: Furia en la Carretera! Otra gran detalle, que puede ser visto de diferente forma, es la presencia de Tom Hardy en el film. Miller ha optado por dar un giro a la escena y si Max en el pasado era el protagonista de sus historias, el eje sobre el que todo giraba, aquí pasa a un segundo plano, crucial igualmente, dejando el papel principal y la responsabilidad de las cosas en manos de Furiosa, una superlativa Charlize Theron que se come la pantalla de forma escandalosa. Por lo tanto, ¿Mad Max? Pues sí, Mad Max como tuerca, como engranaje, como biela necesaria para que todo esto funcione y como eslabón crucial para que la historia se desarrolle y llegue al término que debe llegar. Eso sí, a Hardy le falta, pero mucho, para llegar al carisma que Mel Gibson, actor con mayúsculas, le daba al icónico personaje. Mad Max transmitía pero aquí acompaña… y no es lo mismo.

Miller por otro lado vuelve de paso a explorar una mitología de mutaciones, de tumores, de seres sin humanidad y con la cabeza perforada de mil formas. En primera fila la figura de Immortan Joe, regresa Hugh Keays-Byrne en un papel que le viene al pelo donde nuevamente sus ojos, otrota a lomos de una motocicleta, transmiten la villanía, el odio, la obsesión y el amor que siente por los diversos personajes que se cruzan en su camino. Es grotesco y es perfecto, criatura digna de villanos previos en este mismo universo (y con una caterva de familiares que ya ha pasado a engrosar la lista de monstruos del páramo). Conocemos a Nux, curioso elemento ya clásico en el cine de Miller / Max encarnado por Nicholas Hoult que pone sobre la mesa el "todo esto podría tener solución". Acompañado por las novias de Immortan Joe y una familia de nómadas futuristas volveremos a recuperar la esencia tanto de Mad Max: El Guerrero de la Carretera como de Mad Max: Más allá de la Cúpula del Trueno (Mad Max Beyond Thunderdome, 1985), con Miller apoyándose por completo en estos dos films y rescatando muchos de sus elementos para dar forma a esta nueva obra que, eso sí, no sabemos en que momento del tiempo se debería colocar o, incluso, si pertenece a ese mismo ciclo.

Para completar el producto una producción mágica, saturada de colores anaranjados desérticos y azules nocturnos, con una fotografía de John Seale fabulosa, una diseño de producción de Collin Gibson apabullante, o un vestuario bestial de Jenny Beavan. Todo enormemente magnificado por un equipo de especialistas de escándalo, pirotecnia para el espectáculo y coches, motos, camiones… coches, motos y camiones que explotan, que se deshacen en secuencias de infarto, de destrucción masiva y perfecto descontrol, está todo tan hecho al milímetro que da gusto haber esperado lo que hemos tenido que esperar. Sumemos la música de Junkie XL que te hace vibrar junto al sonido de los motores durante todo el puñetero metraje y ya está. Cine de acción revival, un retorno tan mítico como el que nos diera en su día Sylvester Stallone y su John Rambo (Rambo, 2008)… cine de acción con mayúsculas en un mundillo donde estas cosas parecían haberse olvidado.

Uno de los muchos apoteósicos carteles de Mad Max: Furia en la Carretera
Uno de los muchos apoteósicos carteles de Mad Max: Furia en la Carretera

 

Y resulta que con estas nos encontramos casi con el cierre de la tan cacareada Fase II del conocido como Marvel Cinematic Universe o MCU. Pronto llegará ese episodio aparentemente inconexo, Ant-Man (2015), pero con Vengadores: La Era de Ultrón (Avengers: Age of Ultron, 2015) se sigue completando un interesante ciclo que llegará a su fin en el episodio doble que será Avengers: Infinity War (2018-2019)… ¿no os parece de todas formas un poco tardío? En fin, este nuevo capítulo en la vida cinematográfica de uno de los supergrupos más icónicos del espectro comiquero es además la despedida de Joss Whedon del conglomerado que nació no sé si con estas intenciones en 2008. Despedida todo sea dicho un pelín extraña, no se sabe si por cansancio o por diferencias con aquellos que tiene por encima (y que imponen como seguramente han impuesto en esta). Pero bueno, centrémonos en el film que es a lo que hemos venido. Vengadores: La Era de Ultrón es, de nuevo y por lo tanto sin sorpresa, lo que pretende ser, un paso más dentro del concepto este del blockbuster palomitero y mainstream, producto con el claro objetivo de entretener, que lo logra con creces, hacer cientos de millones en taquilla, esto no se duda, pero con varios puntos en los que flaquea respecto a su predecesora, imponente ejemplo de debut en un mundo en el que hasta ese instante no se había logrado nada mínimamente parecido.

El tema es que esta Vengadores: La Era de Ultrón se me antoja excesivamente estruendosa. Así como Los Vengadores (Marvel’s Avengers, 2012) te iba introduciendo en una historia que acababa derivando en una catarsis épica de proporciones bíblicas, y donde todos los personajes daban algo más que el do de pecho compartiendo de paso el protagonismo, ahora el despiporre arranca en el mismísimo minuto cero, la escena de introducción parece una extensión terráquea del final de la otra película, para por impulsos no terminar hasta el instante final del metraje. El vertiginoso conjunto de acontecimientos son agotadores y no hay descanso en el cual meditar sobre las tribulaciones que pueblan la cabeza de nuestros héroes y heroínas. Sí, hay instantes en el trabajo de Whedon que pretende llamar la atención sobre Tony Stark (Robert Downey Jr.) y sus apocalípticas visiones, algo parecido le ocurre a Thor (Chris Hemsworth) con su descontrol en Asgard, pero por otro lado viajas a los pasados, inexistente el del Capitán América (Chris Evans), o extremo el de la Viuda Negra (Scarlett Johansson). Para mí no es suficiente y el guión de Whedon parece apostar, no sé sin con descaro o por pura obligación contractual, por explotar más y más el ruido y la acción en lugar de contarnos un poco más sobre los miedos, que los tienen, de nuestros héroes. Que sí, que tenemos la sorpresa de la vida más privada y personal de Ojo de Halcón (Jeremy Renner), humano entre monstruos, o la forzada hasta el extremo "relación" entre Bruce Banner / Hulk (Mark Ruffalo) y la Romanoff, pero que queréis que os diga, parecen simples momentos de relax entre un caos de proporciones indescriptibles.

Eso sí, en medio momentos de andar por casa, la fiesta en la mansión Vengadores, chistes y chascarrillos por todas partes (algo así como fuera de tono cuando lo que pretendes es mostrar el lado más sombrío de unos héroes que ven como acontecimientos pasados puede acabar por superarlos si no toman drásticas decisiones), etc. Muy interesante la presencia de los hermanos Maximoff, explotada con eficiencia Wanda (Elizabeth Olsen) pero no tanto Pietro (Aaron Taylor-Johnson), llamativa la puesta en marcha de La Visión (Paul Bettany) y, no me olvido, Ultrón (James Spader). Aunque ojo, Ultrón desaprovechado, Ultrón como que descafeinado, Ultrón villano del momento que sirve de transición entre lo que hemos visto y lo que veremos. Por lo tanto, muy buena la idea de ahondar en la imperfección, los errores y temores, pero puede que insuficiente merced a un villano que es el gran reclamo en una cinta de acción sin parangón… y que se queda un poco en eso.

El resto pues un poco más de colapso, demasiadas presencias de rostros conocidos, todos deben tener su frase, venga o no a cuento, y un claro bajón respecto al impulso que había tomado la franquicia con las muy superiores Iron Man 3 (2013), Capitán América: El Soldado de Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014) o Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014). En fin, merece mucho la pena verla, pero en mi caso Vengadores: La Era de Ultrón me ha dejado con cierto sabor amargo y con la sensación de que he disfrutado de algo un pelín transitorio que con menos ganas de abarcarlo todo podía haber sido muy superior.

Cartel español de Vengadores: La Era de Ultrón
Cartel español de Vengadores: La Era de Ultrón

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Pues resulta que Chappie (2015) es el tercer viaje social en un universo de realismo y ciencia ficción para el sudafricano Neill Blomkamp. Un viaje en el que, no sé si bueno o malo, vuelven a explotarse todos los factores que con total agrado definieron y nos sorprendieron en aquella magnífica incursión cinematográfica, y opera prima, titulada Distrito 9 (District 9, 2010).

Aunque sufrió un temeroso bajón y notable traspiés unos años más tarde con Elysium (2013), Blomkamp vuelve a invitarnos a su tierra natal, a un Johannesburgo socialmente roto, con claras diferencias donde conviven ricos muy ricos y pobres olvidados. Esta vez el punto de partida es el nacimiento de un cambio radical a nivel seguridad poblacional. Los habituales agentes que velan por que todo cumpla con la rectitud establecida, sea como fuere, han sido sustituidos por una avanzada forma robótica denominada "Scouts" salidos de un jugoso acuerdo con una empresa privada, dirigida por la siempre interesante Sigourney Weaver. En esta distopia que se nos plantea uno de estos "Scouts" acaba como el rosario de la aurora tras una operación y no le queda otro destino que el desguace y reciclaje. Pero hay algo más, una de las mentes detrás de estos nuevos policías, encarnado por Dev Patel, decide ir un paso más allá y tras trabajar como un condenado desarrolla un nuevo software que servirá de germen para el nacimiento de Chappie (Sharlto Copley), un bebé, un niño y una esponja de IA ansiosa por aprender, comprender y socializar.

Esto sin lugar a dudas es lo mejor de la película. Pese a tener que interactuar con personajes hiperactivos y que, de forma innegable, no es que transmitan demasiado, la historia de Chappie llega a aportarte sentimiento, en mi caso lo hizo, y resulta entrañable ver la forma en el que nuestro inesperado protagonista se ve expuesto a un entorno no perfecto (violencia, desprecio, engaño, cariño, odio o venganza). Chappie crece condicionado por dos importantes factores, primero el de su creador Deon Wilson (Patel) que trata de inculcarle valores positivos, segundo el de los Die Antwoord AKA los infumables Ninja y Yo-Landi Visser, amén de Amerika (Jose Pablo Cantillo). El interés por enseñar de Wilson, que trata a Chappie como lo que es, un recién nacido, choca de frete con el ansia de aprovecharse de la inocencia del nuevo robot que profesa, sobre todo, el descerebrado de Ninja. En frente de estos, y como pie para recalcar lo del odio y frustración digno del mullet que se gasta uno más de los personajes protagonistas, otra historia de guerra interina entre Wilson y Vincent Moore (Hugh Jackman). Esta es la parte de la película que menos encaja… esta y el último tercio donde pasamos de una "comedia" entrañable a un desbarajuste de acción que deriva en el tercer acto similar al de historias previas que se sacan de la manga Blomkamp y su señora esposa, la co-guionista Terri Tatchell.

¿Entonces en qué quedamos? Pues siendo sincero Chappie se puede disfrutar. Te ríes, te emocionas, y puedes disfrutar de un nuevo derroche visual hiperrealista pergeñado por la mente de Blomkamp. Vives el robot, disfrutas con su crecimiento, cómo se mueve, cómo interactúa con los otros personajes, etc. Luego está la fase solución fácil, que es donde se pierde el tono al que te han ido acostumbrando durante cerca de hora y media de película. Otra cosa a no destacar es la presencia de los Die Antwoord, que ni van ni vienen, él por exceso y mala interpretación, sobreactúa cosa fina, ella por lo chuchurría que parece ser… es como si le faltara sangre, y nuevamente carencia de capacidad actoral. Me intriga la versión original por eso de escuchar a Copley dando vida a Chappie y su evolución mental. Muy grandes los momentos del robot robando coches y la inocencia que desprende cuando se da cuenta de los engaños a los que ha sido sometido por parte de todos aquellos que dicen quererle. Muy curiosa y para nada tan mala como la están pintando al otro lado del charco.

Uno de los carteles de Chappie
Uno de los carteles de Chappie

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Uno se pone a reflexionar tras disfrutar de Ex Machina (2015) y comienza la proclama… señoras y señores, estamos ante el debut tras las cámaras de un guionista potente como Alex Garland, uno del que han salido historias como las de 28 días después… (28 Days Later, 2002), Sunshine (2007), Nunca me abandones (Never Let Me Go, 2010) o Dredd (2012).

Con Ex Machina el señor Garland se inventa una historia de cero y se merienda el Deus que haría todo bastante más obvio para ir girando con el espectador merced a una narración envolvente, repleta de engaño y falsedad, de dobles y triples juegos, de duda y clarividencia. Acompañado por un reparto corto en número pero sobrado en calidad Garland nos cuenta la historia de Caleb (Domhnall Gleeson) y Nathan (Oscar Isaac), empleado y dueño, "compañeros" obligados a ser "amigos" ante la presencia de Ava (Alicia Vikander), el último juguete de Nathan y puede que la gran sorpresa tecnológica si en el mundo real viviéramos.

Ex Machina es de principio a fin una delicia, te atrapa, te ves inmerso en un debate moral, en un test de Turin de ida y vuelta y en unos personajes que te generan dudas de todo tipo. ¿Quién maneja la situación?, ¿quién lleva realmente el control? El espectador lo desconoce y pese a que el excelso trabajo de Garland al guión y a las cámaras te van guiando por una historia con todo el sentido del mundo uno no puede acabar más sorprendido a cada minuto que pasa de metraje.

Pues eso, Ex Machina es una de las joyas de la ciencia ficción del 2015 y si me apuráis de unos cuantos años hasta este día en el que vivimos. Inteligente y entretenida, perfecta en lo que plantea y en cómo lo explora hasta el climax múltiple de los últimos muchos minutos de desenlace. De regalo os dejo con el nuevo cartel del film para el marcado USA.

Último cartel de Ex Machina
Último cartel de Ex Machina

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El trío calavera que forman Matthew Vaughn, Jane Goldman y Mark Millar son los encargados de ponernos muy pero que muy contentos con Kingsman: Servicio Secreto (Kingsman: The Secret Service, 2014), adaptación y ejemplo del modelo creativo que define el enfant terrible Millar, y uno donde prima lo gamberro, auténtico, imaginativo y, amén, violento. Vaughn, aunque parco en trabajos si tenemos en cuenta la de años que lleva metido en el ajo, vuelve a dar el todo por el todo con una obra cinematográfica divertida, macarra, educada, hiperactiva y generosamente sangrienta. Ya en el pasado lo hizo de vicio, Kick-Ass: listo para machacar (Kick-Ass, 2010) le permitió probar lo que era unirse a estos dos colaboradores, X-Men: Primera Generación (X-Men: First Class, 2011) o Stardust (2007) le sirvieron para trabajar con la Goldman y ponernos sobre la pista de grandes aventuras y mejores ideas… son lo mejor de lo mejor.

Kingsman, entrada por parte de Vaughn en un género que no había tocado hasta el momento, es por lo pronto una película que bebe de los iconos que hemos degustado a lo largo de muchísimos años si nos paramos a pensar en esa imagen del grupo de caballeros británicos que sin despeinarse y con formas depuradas son capaces de salvar el mundo, encabezados todo sea dicho por una impoluto y perfecto Colin Firth en el papel de Harry Hart, nombre el clave Galahad… sí, uno de los caballeros de la mesa cuadrada redonda del rey Arthur (Michael Caine), Merlín (Mark Strong) o Lancelot (Jack Davenport) también aparecen por la película. Estos caballeros son una suerte de agentes doble cero modernos a la par que clásicos donde prima la etiqueta en forma de planchados trajes a medida, y donde hay cabida para los cachivaches más inusuales, fantástico el zapato cuchillo a lo Rosa Klebb (Lotte Lenya), el paraguas de mil usos o la simple referencia al zapatófono de turno… algo muy pero que muy Maxwell Smart (Don Adams).

Pero Kingsman tiene mucho más ya que cuenta con su villano de postín, un magnate de internet que responde al nombre de Richmond Valentine, a esta versión de Samuel L. Jackson hay que escucharla en versión original, que siempre va acompañado por la frenética y escandalosa bailarina argelina Sofia Boutella… no me lo podéis negar pero esa Gazelle está al nivel henchman de Tiburón (Richard Kiel) o Oddjob (Harold Sakata)! Valentine es además un arma de doble filo, parece tonto pero en el fondo de esa tontería hay una mente perversa, excéntrica y sin un ápice de moralidad… de hecho mete miedo cuando le da congoja descubrir los efectos de su plan. Pero lo mejor de todo es que si bien este señor es el gran malo, es la realidad de nuestros días la que le permite hacer su trabajo. Que sí, que su plan es de los de uno entre un millón, es tan James Bond que se te hincha el pecho de sólo pensarlo, pero Millar, y por lo tanto Goldman y Vaughn, se ríen de los dirigentes de hoy en día, de las puñeteras corruptelas que protagonizan y del por qué no mirar para otro lado si de regalo voy a tener un suculento maletón repleto de billetes. Kingsman es por lo tanto un elemento crítico y por ello se disfruta mucho más.

Y paralelo a todo esto, a ese espíritu de las historias de espías de James Bond, F de Flint o el dúo dinámico John Steed y Emma Peel, se nos cuenta una segunda historia, una en la que el rebotado social Gary ‘Eggsy’ Unwin (Taron Egerton) es la baza elegida por Harry Hart para aprovechar la carencia de la pata de la mesa que son los agentes de Kingsman y cubrir así una vieja deuda que adquirió en su pasado. Egerton apunta muy alto, cubre con creces su papeleta de chico de barrio que apunta a nuevo agente Kingsman, apoyado por la planta y presencia de ese galán que es Firth. En definitiva, una película 100%, y me quedo corto, recomendable. De esas con las que te lo pasas teta, te ríes, lo flipas y te cubres de gloria como antaño lo hacías viendo las rocambolescas misiones de tus agentes secretos favoritos.

Mención especial al plano final de Hanna Alström como la Princesa Tilde… gamberrismo calenturiento!

Kingsman: Servicio Secreto
Kingsman: Servicio Secreto

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Después de quedarme sin verla la semana pasada por culpa de un fallo con la cabina del cine, este pasado sábado, y pese a las advertencias, me fui a ver El destino de Júpiter (Jupiter Ascending, 2015), lo nuevo de los dispares Hermanos Wachowski, seres capaces de las más impresionantes peripecias, véase la trilogía Matrix o la reciente y sobrecogedora El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012), o de los productos más catastróficos… sí, hablo de Speed Racer (2008). Dado que los hermanos Andy y Lana son gente de extremos, ¿en que lado debemos poner a El destino de Júpiter? Pues que queréis que os diga, ni en el uno ni en el otro, y de hecho ni en el medio. El destino de Júpiter es una rareza de tomo y lomo, un producto errático y atípico, repleto de referencias cansinas a su cine, que tan pronto combina la hiperactividad del mejor modelo de acción, hay alguna escena que quita el hipo y que sigue explorando esa marca por la que nos rendimos ante el arte de los Wachowski, con la pamplina más simple, rocambolesca, absurda y que te rompe el ritmo sin pararse a pensar por qué narices el espectador se merece esto.

El film es difuso, chocante, curioso en sus planteamientos, eso de la inmigrante rusa llamada Júpiter (Mila Kunis) que de pasar la escobillas por inodoros varios repentinamente pasa a estar en el punto de mira de toda la galaxia, la que nos controla y no conocemos, tiene un punto, pero su grotesca familia, su más extraña forma de vivir y un millón de cosas más, Soylent Green implícito, hace que te pierdas… casi tanto como el momento digno de Terry Gilliam en el que Júpiter, Kane (Channing Tatum) y un robot picapleitos se trasladan a "la casa que enloquece" de Las doce pruebas de Astérix (Les douze travaux d’Astérix, 1976). Por lo demás parece que la película no sabe qué hacer consigo misma, ¿va dirigida a un público sesudo por lo trascendental de su historia o es un producto exclusivamente palomitero? Pues en estos momentos sigo sin saberlo. Las piezas no encajan, los personajes no encajan, se supone que Balem Abrasax (Eddie Redmayne) es el villano pero pinta menos que la UGT con Franco, sus hermanos Titus (Douglas Booth) y Kalique (Tuppence Middleton) están pero no se sabe muy bien con qué objetivo. Las pintas de Tatum son dignas de ver, las pintas de la Kunis son mucho más dignas que ver que las de Tatum, y lo de el aparecido Sean Bean no funciona… y no funciona porque no hay épica ni tradición en su personaje!

En definitiva, en El destino de Júpiter los Wachowski pergeñan una space opera con posibles pero que tras construir un universo propio, personal, grandilocuento (y bastante histriónico) palidece y se pierde en un agujero negro de nadería… aunque quién sabe, igual el director’s cut de este film, recordemos que llega con casi un año de retraso, salva los muebles. Os no gustará.

Uno de los carteles de El destino de Júpiter
Uno de los carteles de El destino de Júpiter

 

Estimado Dan Gilroy, ya puede sacar pecho. Al igual que ocurrió ayer con Damien Chazelle y su impresionante Whiplash, lo suyo y su Nightcrawler (2014) es también para dar infinitas gracias.

Resulta que este veterano guionista, su pasado se viste de las muy irregulares Freejack: sin identidad (Freejack, 1992) o El legado de Bourne (The Bourne Legacy, 2012), aunque merece un fuerte aplauso por The Fall: el sueño de Alexandria (The Fall, 2006), ha dado con la tecla al sacarse de la manga la vida y obra de Louis Bloom, una suerte de esquizoide supino armado con una cámara que encarna con desagradable maestría el mago Jake Gyllenhaal. Gilroy nos cuenta una interesante historia, la de un tipo que en su propio mundo vive con esa lacra que confirma que no es capaz de hacer nada con su presente. Un día, y gracias a que se cruza con un "reportero" freelance interpretado por Bill Paxton, acaba por probar suerte en el medio del periodismo mediocre, del de los bajos fondos, la falta de moral y la superficialidad más absoluta, ese en el que explota el morbo más sangrante, literal, de los que podemos imaginar. Ríete tu de Tele 5 y sus milongas. Bloom se adentra a toda velocidad en un mundo siniestro y altamente competitivo movido por el regusto de lo macabro y lo violento, y, como pez en el agua gracias al impulso que le da la periodista encarnada por Rene Russo, va haciendo su agosto en la calientes noche de la ciudad angelina.

Gilroy no inventa nada nuevo, pero se anima a juntar en nuestro tiempo monstruosidades varias como las que ya conocimos viendo films como El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), El ojo público (The Public Eye, 1992) o Network, un mundo implacable (Network, 1976). Chupando de todas estas películas el director crea a este personaje que responde al nombre de Louis y nos emboba viendo su "arte". Bloom dirige, engaña, maneja, miente, corrompe y no duda en explotar todo aquello que nos puede resultar más deleznable, el último tercio del film es brutal como ya lo fuera el montaje que se sacaba de la manga Leon Bernstein (Joe Pesci) con sus cámaras de fotos. Pero eso que supera con creces el concepto de desagradable es a ojos de Nina Romina (la Russo), producto, calidad y, sobre todo, resultados. No importa la carencia de ética que tenga lo filmado por Bloom, es valor para el canal en el que trabaja la Romina, y por lo tanto hay que comprarlo, porque o ellos u otros, obviando debates internos sobre la moralidad, y emitirlo… aunque siempre apuntando eso de "las escenas que van a ver son violentas, están avisados".

En definitiva, Nightcrawler es otra que debe verse ya no sólo por lo mutante de Gyllenhaal, que mete miedo, si no porque pone sobre la mesa una especie que en realidad puede que ya exista… aunque, crucemos los dedos, no a ese nivel de mediocridad, ¿no?

Cartel de Nightcrawler
Cartel de Nightcrawler

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¿Os pirráis por la intensidad?, ¿os morís por estar acongojados durante largos momentos del metraje de una película?, ¿buscáis meteros de lleno en un film y sentir ser parte de lo que en él se cuenta? Eso es Whiplash (2014), joya cinematográfica que debéis ver al menos una vez en vuestra vida, si no más, rodada y escrita por Damien Chazelle, alucinante director debutante y responsable, aquí tiene un poco más de tablas pero no como para no sorprenderse, del guión de la también muy recomendable Grand Piano (2013) del español Eugenio Mira.

A modo duelo al sol interpretativo, los 15 minutos finales son tensión digna de Sergio Leone pero trasladada al mundo del Jazz, se nos cuenta la historia de Andrew Nieman, joven batería encarnado por un Miles Teller que se desvive físicamente por el papel que interpreta. Resulta que el chico este estudia en el conservatorio de música más prestigioso de la ciudad, el ficticio Shaffer Conservatory of Music, hasta que llega ese día en el que cierto profesor entra a formar parte de su vida… para cambiarla. Entra en escena J.K. Simmons, el rudo, odioso, extremo, violento y desagradable profesor Terrence Fletcher. Alucinado por lo que promete este chico de tan sólo 19 años, Fletcher decide que pase a formar parte de su clase de excelencia y es aquí cuando el espectador descubre la pasta de la que están hechos tanto alumno como profesor. Comenzando por Andrew estamos ante alguien convencido de que la letra con sangre entra, seguro de sus capacidades, de su innato poder como batería de Jazz y obsesionado con lo que hace. Alguien que no dará el brazo a torcer, que prefiere cometer sacrificios personales y físicos que a la larga le puedan cambiar si con ello logra su objetivo… ser el mejor. Con un ego que no tiene límites porque sabe de lo que es capaz, no es lo suficientemente listo como para saber eso de que no siempre es bueno creérselo tanto ya que puedes dar con la horma de tu zapato y entonces las cosas pueden no ser lo que esperabas… o sí. Esto es lo que ocurre cuando descubre que Fletcher es en realidad un mariscal de campo, un sargento Highway que no se corta un pelo a la hora de humillar y castigar de forma psicológica y física a sus alumnos con tal de cumplir su sueño… descubrir esa nueva joya que reviva el género musical que ama y por el que vive.

Whiplash pone sobre la mesa un factor importante del aspecto formativo que implica ser el mejor. En este y otros artes, destacar sobre el resto requiere de unos niveles de sacrificio personal incalculables. Chazelle nos los muestra y deja claro que Fletcher los conoce y los ha sufrido (o los ha hecho sufrir), al tiempo que nos descubre vía Nieman lo que supone irlos asumiendo. Ruptura familiar, ruptura social en lo tocante a amigos y pareja, autoconvencimiento y por lo tanto más ego subido de tono o superioridad y odio hacia tus competidores, lo que redunda en ser más y más un solitario. Fletcher se lo mete en vena a Nieman y este, ya tiene la mente trabajada para ello, lo aplica.

El film va marcando el ritmo un dos tres cuatro con secuencias de intensidad musical y batalla interpretativa atronadores para luego cambiar a momentos personales e íntimos de la vida de Andrew, una cosa compensa la otra ya que para salir taquicárdicos del cine tampoco estamos. Y esto sirve para algo más, asistir a una batalla en la que J.K. Simmons lo rompe, deja perplejo al respetable con su presencia destroza vidas, con su actitud de dictador y con la brutal forma de impartir clases, castigo espartano a tortazo limpio si hace falta. Puede que aquí nosotros seamos un poco culpables porque por alguna razón se llega a disfrutar con sus humillaciones, viendo como pone de vuelta y media a sus alumnos o como llevar hasta la extenuación a los baterías candidatos con tal de lograr que hagan lo que el quiere que hagan. Simmons maneja las escenas, da entrada a su compañero de reparto, que habrá aprendido lo que no está escrito, y se erige como gran referente a seguir a lo largo de toda el metraje, se gusta y nos gusta. Miles Teller también cumple como una bestia, sufrida, rebelde y guerrera. En definitiva: son tal para cual y lo mejor es que uno lo disfruta.

Uno de los carteles de Whiplash
Uno de los carteles de Whiplash

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Cosas de la vida, más o menos un año y pico después de recibir un indulto por un delito "propio" de la época retrógrada en la que le tocó vivir, tenemos la oportunidad de conocer un poco más de la vida de Alan Turing, el denominado como padre de la informática y protagonista de The Imitation Game (descifrando Enigma), biopic fresco, dinámico y muy recomendable si te apetece saber más. Bajo el mando de Morten Tyldum, bravo, podemos disfrutar nuevamente de este actorazo que responde al nombre de Benedict Cumberbatch y por el que beben los vientos medio Hollywood… o medio mundo si somos más realistas. Cumberbatch se mete de lleno en la piel de Turing, un genio que como todos los de su nivel, adelantado a su época, diferente y especial, se ganó el sambenito de antisocial, aunque la razón no fuera en su totalidad debido a su extraña personalidad (que traía cola igualmente). Turing vivió en una época convulsa, ya no sólo por lo de la Segunda Guerra Mundial, en la que tomo parte encabezando el grupo de personas que acabaron con el implacable cifrado de la máquina Enigma usada por las tropas alemanas para evitar que sus mensajes fueran "comprendidos" por los aliados, si no por su condición de homosexual, en Inglaterra, y resto del mundo, estado inmoral con diversos grados de castigo. Por lo tanto, una vida de tortura, ocultación y traición personal.

¿Qué es por lo tanto The Imitation Game? Pues sin lugar a dudas una de esas que se deben disfrutar sí o sí en pantalla grande, para conocer mejor a Alan Turing, para disfrutar de Cumberbatch y para saber más sobre el trágico silencio al que se veían, y se siguen viendo, abocados muchos. Junto al actor británico, se está llevando menos precios de los que merece pero este año la cosa está muy competida, tenemos una serie de secundarios que hacen acopio de sus mejores virtudes ofreciendo papeles notables que sirven de perfecto complemento para la presencia del bueno de Benedict. Keira Knightley, Matthew Goode, Charles Dance o Mark Strong, con su habitual fabulosa presencia, completan un reparto que engrandece una historia entretenida, con cierto toque de aventura, trágica en su fondo y seductora de principio a fin… aunque ese final sea de los que castigan.

Uno de los carteles de The Imitation Game
Uno de los carteles de The Imitation Game

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