Opinión


Me subo al carro, aprovecho que Quentin Tarantino ha calificado Infierno bajo el agua (Crawl) como su película favorita del 2019 para hablar del survival horror de Alexandre Aja y el padrinazgo de Sam Raimi. Con dos… eso.

Revisando Letterbox fue el 23 de agosto cuando me pasé por el cine para ver esta de cocodrilos en la que Kaya Scodelario, sufridora número 1, y Barry Pepper, su padre delante de las cámaras, tratan de sobrevivir no sólo al paso de un huracán por la Florida de los cañaverales, manglares o como queráis denominarlos… si no al imparable ataque de un clan de cocodrilos con ganas de comer poco hecho. Infierno bajo el agua es un producto perfecto para una tarde de verano (otoño o invierno): fresca, sangrienta y tensa. Serie B auténtica, sin intenciones disparatadas y con un único propósito: entretener. Rodada con encanto y muy buen hacer, Aja se casca un survival horror perfectamente creíble, historia de una joven que decide ir en busca de su obsesivo padre, entrenador de juventud, cuando las autoridades recomiendan lo contrario… se avecina jarana.

Casi desde el minuto uno el director francés nos encierra en un claustrofóbico sótano, el típico de vivienda unifamiliar americana repleto de recovecos, de lugares oscuros, de engaños, tuberías y sin salidas claras. Atrapados junto a la Scodelario y a Pepper, que se mueve poco el pobre, la tensión se corta durante el breve pero constante metraje de Infierno bajo el agua. Para darle algo más de profundidad a la película, Aja aporta un enfoque de autosuperación debido a la chocante relación paternofilial entre los personajes protagonistas. Como la cosa tampoco puede dar para mucho más los guionistas Michael y Shawn Rasmussen (The Ward) adornan el film con un par de microtramas paralelas que se resuelven como es menester… así conocemos no sólo el destino de los dos protagonistas, si no que también el de un trío de aprovechados que deciden hacer el agosto en medio del caos provocado por el tornado, y el de un equipo de rescate policial, incautos.

En fin, serie B entretenida, vale la pena verse aunque es muy menor a la ultragore Piraña 3D (Piranha 3D) del propio Aja. Pretende poco, y por eso funciona.

Cartelico de Crawl... cocodrilo a la vista
Cartelico de Crawl… cocodrilo a la vista

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La saga Terminator ha regresado, y lo hace con dos claras intenciones. Por un lado jugar la carta del "todo esto que te hemos contado nunca ha ocurrido", echando por lo tanto el cierre a una franquicia gloriosa, y por otro definir un nuevo inicio para atraer a un público que no ha mamado la fabulosa historia pergeñada por James Cameron. ¿Funcionará esto?

A lo mandos de esta Terminator: destino oscuro (Terminator: Dark Fate) el bueno de Tim Miller, director con un muy corto bagaje en forma de Deadpool, si bien varios cientos de millones de éxito le respaldan. En segundo plano, pero participando de forma muy activa y controladora, el mismísimo James Cameron en su retorno al sello que jamás debió abandonar. Con un punto de partida abrumador y que pondrá al veterano fan casi de pie, los primeros 5 minutos son indudablemente gloria bendita aunque sirvan para cargarse el entretenido y consecuente tercer episodio contado por Jonathan Mostow, en realidad esta nueva Terminator trata de redefinir un canon iniciado hace ya varias década pero con un resultado irregular. Vamos, que hay que decirlo alto y claro, Terminator: destino oscuro es un refrito de tiempos mejores, un reciclaje de las mejores ideas de Cameron adaptadas para que el espectador que en 1984 y 1992 ni existía como concepto descubra una idea mágica.

Y así nos embarcamos en Terminator: destino oscuro, una fusión de dos líneas temporales y en la que dos mujeres vienen para llevarse el protagonismo más absoluto. Por un lado está Mackenzie Davis encarnando al mejor personaje de la película, no hay duda. La Davis se pone en la piel de Grace, una mujer / soldado mejorada, llegada del futuro para salvar a la persona que a su vez salvará a la humanidad, y con un sentido de la lealtad inquebrantable pero movida por un sentimiento no al alcance de las máquinas. En el otro la veteranía de Linda Hamilton, Sarah Connor no ha abandonado la lucha, ha seguido recorriendo su mundo siendo coherente con lo que hizo en su prehistoria particular. Junto a ellas y para terminar de dar forma a la nueva Terminator reaparece Arnold Schwarzenegger, de alguna forma tratando de dar sentido al pensamiento final del T-800 cuando abrazaba a John Connor (Edward Furlong) en la grandiosa segunda parte de esta eterna saga. El resto ni chicha ni limoná… el modelo de robot del futuro encarnado por Gabriel Luna no deja de ser una copia del T-1000 de Robert Patrick fusionado con la T-X de Kristanna Loken, el añadido personaje dual funciona bien, Natalia Reyes no es otra cosa que una Sarah Connor (la de 1984) llegada en la era Trump del masivo control de inmigrantes ilegales, etc. Vamos, que Terminator: destino oscuro además de ser una secuela directa de la segunda parte es, en realidad, una fusión de ideas de Terminator y Terminator 2: el juicio final trasladada a la frontera y por lo tanto sembrada de aroma latino. Ojo, que no es mala idea, pero es que es la misma idea reacondicionada.

El resto pues cargada de altibajos: rupturas del canon que enervarán a algunos; personalidades adquiridas que sacarán de quicio a otros; rutilantes escenas de acción sin freno que te acabarán agotando. Porque sí, todo lo que dura (en cuanto a metraje) es una constante huída sin fin. Ojo, Terminator: destino oscuro funciona, y lo hace mejor que partes futuras pero pretéritas, sin embargo debe ser consciente de que es el fin y que no hay más que sobreexplotar. Ya lo decía Sarah Connor tras uno de sus sueños… "NO FATE", aquí lo dejan muy claro, y de paso lo otorgan un rango de oscuridad que seguro servirá para dilapidar los éxitos / fracasos cosechados.

Cartel de Terminator: destino oscuro por Mondo, con permiso de la superlativa Mackenzie Davis, Sarah Connor es la protagonista
Cartel de Terminator: destino oscuro por Mondo, con permiso de la superlativa Mackenzie Davis, Sarah Connor es la protagonista

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Netflix ha estrenado este pasado viernes, si bien su premiere se celebró el día antes en el Festival de Sitges, En la hierba alta (In the Tall Grass) de Vincenzo Natali, una nueva adaptación de una obra del maestro del horror Stephen King, y de su hijo Joe Hill en este caso. La verdad, como os flipen estas películas estaréis en la gloria.

Protagonizado por una lista de actores no muy deslumbrante salvo por la presencia del siempre solvente Patrick Wilson, el entuerto es bastante simple, no en vano la obra original es un relato corto que, estirado en modo repetición casi infinita, ha dado como resultado un entretenido film. Poco más. Como punto de partida tenemos a dos hermanos, Becky y Cal, que al borde de un frondoso campo detienen su coche. Una vez parados escuchan la angustiosa llamada de socorro de un niño perdido en el campo (más una recomendación para que no le hagan caso). En fin, cosas de la vida, Becky (Laysla De Oliveira), a punto de parir, y Cal (Avery Whitted), su hermano, deciden adentrarse en el frondoso campo para rescatar al chaval. Pronto verán que no ha sido buena idea entrar sin tener claro cómo salir. El campo se torna en un laberinto sin salida, donde las reglas del espacio se redefinen a cada minuto y donde hay algo ancestral oculto en lo más profundo del campo… y que actúa como imán para no dejarte salir.

Y llegado a este punto Natali comienza a jugar con un bucle infinito donde no hay salida, rizando el rizo, con variopintas y macabras consecuencias. Ojo, el relato corto termina, pero es ahí donde el director italiano, guionista también, exprime el mismo una y otra vez, tratando de complicar la trama hasta el desenlace final. Tono lovecraftiano, paranoia, conectividad discutible, reflejos de Frequency y otras muchas cosas. Curiosa, bien narrada, algo gore y hasta malsana. Para pasar el rato merece la pena adentrase En la hierba alta… ideal para ver en sesión doble con El cortador de césped (The Lawnmower Man).

Cartel final de En la hierba alta de Vincezo Natali
Cartel final de En la hierba alta de Vincezo Natali

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¿Cómo nacen los monstruos? El Joker de Todd Phillips nos lo cuenta. Bienvenidos por lo tanto al tortuoso y destructivo viaje por la perturbada mente de Arthur Fleck, bienvenidos al principio del fin de un ser débil y maltrecho que acaba transformado en una criatura abominable.

Joker es la primera muestra de que el universo de los cómics puede ser tomado como perfecta base argumental para contar otra historia que podría encajar como un guante bajo una rama cinematográfica diferente. Joker es el agónico periplo de un ser frágil que abandonado por completo a su suerte, las circunstancias y la sociedad en la que vive así le hacen, acaba tomando el camino que su insustancial existencia le marca. Pero Joker también es un siniestro reflejo (puede que más realista de lo que queremos pensar) de una buena parte del ahora en el que vivimos, un mundo de diferencias astronómicas, donde los maltratados son siempre los mismos, y donde esa otra sociedad superior observa con desprecio e indiferencia a los que aprovechan para pisar. Joker es también una perfecta justificación del mundo que el que Batman siempre ha vivido, el pistoletazo necesario para que Gotham City sea oscura, caótica y cuna de la más variopinta ristra de villanos que jamás se haya imaginado.

El mundo de Arthur Fleck no puede ser más descorazonador, un payaso cuya frustración y tristeza se transforman en risa agónica malentendida; un payaso que no es gracioso, que lo intenta, pero que como ejemplar mártir es despreciado por todos: sus propios compañeros, la gente de la calle, los servicios sociales… Arthur será un payaso y todo lo que él quiera creer, pero es el payaso con la vida menos feliz jamás plasmada. Esta infelicidad descomunal la traslada en pantalla un superlativo Joaquin Phoenix, ofreciendo su enésima transformación en ser maltrecho, torturado, asocial y abandonado a su desgracia (que aquí suerte no hay ni pizca). Phoenix hace suyo el personaje, como ya lo hicieron otros, homenajeando al pasado pero otorgando una nueva personalidad al Joker… la verdadera locura. No es un mafioso salido de una cuba de ácido, no es un terrorista con la cara cortada, no es pandillero de dientes de oro, es lo que en verdad es este icono del mundo del cómic y uno de los villanos más fabulosos imaginados… un loco. Acompañando al centro de la historia pues Robert De Niro en el lado opuesto al que ya protagonizó en 1982, y Zazie Beetz y Frances Conroy como las únicas mujeres dentro de la tristeza que explaya Phoenix.

El film de Todd Phillips es tortuoso de principio a fin, este exceso de mundo gris e infelicidad no está siendo del agrado de todos, pero de manera indudable la incursión en el drama de este director de comedia es una joya. En el guión escrito por el propio Phillips y Scott Silver se saca provecho de otros relatos ya icónicos con los que se lleva largo y tendido relacionando Joker, desde la búsqueda de reconocimiento por el artista de El rey de la comedia (The King of Comedy), hasta la del perturbado aplaudido de Taxi Driver. Vamos, Martin Scorsese está en Joker. De regalo una banda sonora obra maestra de la islandesa Hildur Guðnadóttir, que sirve para que el conjunto caiga si cabe más pesado que una losa sobre el espectador.

Joker es magistral, pero también es triste, descorazonadora y cruel. Para ver y meditar.

Cartel de Joker

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Quentin Tarantino ama el cine y ama hacer cine. Cada película que modela es una sorpresa, un homenaje a mil momentos de la historia del séptimo arte y de sus propias experiencias. Su última maravilla se titula Érase una vez en… Hollywood (Once Upon a Time in… Hollywood), y como suele ocurrir nada de lo que acontece en su film es predecible. Tarantino ha visitado varios géneros a lo largo de su carrera, que si cine negro, artes marciales, westerns, guerra, thriller… ahora es el turno de la fantasía, o de la ciencia ficción y los universos paralelos, porque ojo, ya en Maltidos bastardos (Inglourious Basterds) aprovechaba a jugar a ser dios.

En esta ocasión Tarantino selecciona un momento crucial de la historia de Hollywood, un instante que supuso un antes y después cultural… el asesinato de Sharon Tate a manos de los miembros de la banda del descerebrado Charles Manson, momento que también supuso un golpe de muerte al movimiento hippie que en aquellos tiempos, bajo el lema de "haz el amor y no la guerra", se enfrentaban al controvertido intervencionismo militar de la guerra del Vietnam, y mismo instante en el que se fraguó y asentó el Nuevo Hollywood. Tarantino nos traslada a esos años contando la historia de dos amigos, un actor y su doble de acción. Así conocemos a Rick Dalton (inmenso Leonardo DiCaprio), actor de seriales de televisión en sus horas más bajas, y Cliff Booth (grandioso Brad Pitt), su stuntman, aunque desde el minuto cero queda claro que en el cine ya no rasca nada y vive por y para Dalton como su asistente, manitas y hombre para todo. Amigos como pocos. En paralelo, sin ir más lejos en la casa de al lado, pero a mil millas de distancia profesionalmente hablando, Sharon Tate (Margot Robbie) existe y vive su sueño junto a Polanski y sus amigos.

A partir de ahí Tarantino propone una historia normal pero a la vez descomunal, acontecimientos que tienen todos lugar a lo largo de ese año 1969. Conocemos la cuesta abajo en la carrera de Rick Dalton, su mirada hacia atrás de lo que fue con segmentos varios de sus aportaciones al mundillo, lo que pudo ser (simpático el fragmento de La gran evasión), y lo retales para los que ha quedado en estos momentos. Los errores cometidos, las frustraciones y el golpe en su amor propio que le suelta Marvin Schwarz (Al Pacino). En el otro lado Sharon Tate, el breve punto de vista de la estrella que vive en lo más alto, pura felicidad, que acude a las famosas fiestas en la mansión Playboy, o que se ve a si misma y disfruta con el público mientras acude a una sesión matinal de La mansión de los siete placeres (The Wrecking Crew). Por último, y elemento catártico de la historia, Cliff Booth, ser optimista que vive su vida y que protagoniza los momentos más tarantinianos del film, desde esa inclasificable pelea con Bruce Lee, pasando por todos los periplos en coche que se hace con la música radiofónica a todo trapo y no dejando de pisar el acelerador hasta el fondo, sin obviar la tensa y desesperante secuencia en el rancho Spahn… brutal la forma que tiene Tarantino de construir auténtico suspense. Que haga una de terror ya. Mención especial merece el momento inconcebible, climax hiperviolento en modo "ahí queda eso, no en vano esto es pura fantasía"… su cine.

Es Érase una vez en… Hollywood, otras de sus obras monumentales, otra obra maestra, novena de la carrera y puede que antesala de su gran despedida. Hay que verla una y mil veces para poder disfrutar de todos los momentos que propone, únicos y repletos de homenaje al cine, el que conocemos y mucho más del que sólo él ha mamado desde el día que nació.

Maravilloso cartel de Érase una vez en... Hollywood
Maravilloso cartel de Érase una vez en… Hollywood

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Aprovechando que Mel Gibson está de paseo por el norte de España (Asturias, Fonsagrada o aquí mismo Santiago de Compostela), es momento de pararse a hablar un poco sobre Dragged Across Concrete, la última delicia que ha protagonizado.

La verdad es que poco cine de S. Craig Zahler hemos podido disfrutar hasta el momento. De la truculenta y violenta Bone Tomahawk, grandioso western que de buenas a primeras muta en brutal survival horror, hasta la delirante e inesperada Brawl in Cell Block 99, una suerte de Historia de Ricky (Lik wong) si uno se refiere a violencia sin parangón, brutalidad imparable y ritmo trepidante. Zahler cambia ahora en parte de estilo, y regresa al modelo Bone Tomahawk, pero sin sacarse la chorra y hacernos un giro de 180 grados donde nada de lo contado tiene ya importancia.

Dragged Across Concrete es cine paciente, historia de un policía en horas bajas que decide jugar la carta de la desesperación cuando ve que se le marca y ningunea por los malos modos y brutalidad que aplica cuando detiene a alguien. Gibson encarna a Brett Ridgeman, ese policía cerca de jubilación que si bien no puede esperar nada de la pensión que le va a quedar, se lleva un jarro de agua fría cuando lo suspenden de empleo y sueldo tras un vídeo de brutalidad policial donde queda reflejado. En ese momento nos plantamos ante la hora más oscura del protagonista, conocemos las vicisitudes familiares de Ridgeman, y comprendemos que todo se desmadre. En paralelo Zahler nos cuenta dos historias más, una la de un atraco, otra la de una madre. La primera tiene todo el sentido del mundo, vive enlazada como un hermano gemelo a la protagonizada por Gibson y su compañero de fatigas Vince Vaughn (repite con Zahler tras Brawl in Cell Block 99 y genial), la segunda es una licencia hiperviolenta y sin mucho vínculo con Jennifer Carpenter ("Dexter") ahí como rostro conocido (como Vaughn repite también con el director tras su papel de sufrida esposa en Brawl in Cell Block 99).

Y eso es Dragged Across Concrete, una historia implacable, sencilla en su narración pero tremendamente efectiva e inteligente. Larga, como es el cine de Zahler, pero completa de principio a fin. Dolorosa, cruel y salvaje. Violenta, subversiva y con su moraleja… telita. Mel Gibson superlativo, convencido y conocedor de que no hay marcha atrás, Vince Vaughn perfecto, compañero hasta las últimas consecuencias, Tory Kittles correcto, se encuentra en medio del fuego y cumple su misión junto a Michael Jai White. La Carpenter vista y no vista… la pobre es encargada de protagonizar el momento más WTF del conjunto. En medio del fregado pues veteranos como Udo Kier, Laurie Holden (Silent Hill) o Don Johnson. El villano a seguir Thomas Kretschmann… En fin, de las que mola ver con una copa al lado, buen cine negro y algo más. S. Craig Zahler es un guionista fabuloso, un director genial y un maestro de las rarezas cinematográficas de los últimos años. Que siga haciendo mucho cine, por dios.

Póster de Dragged Across Concrete…... delicia
Póster de Dragged Across Concrete…… delicia

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Es innegable que, por lo general, las comparaciones son odiosas. Pero tras la superlativa y terrorífica Hereditary, que Midsommar de Ari Aster se esperaba como agua de mayo, o en este caso de julio / agosto, entre el fandom más festivalero y avezado en el género de terror, era más que una realidad.

El momento ha llegado y  lo primero que se me pasa por la cabeza es que no se puede negar que Midsommar no es plato de todos los gustos. Diría más, es francamente sorprendente que la película esté ahora mismo en 180 salas comerciales a lo largo y ancho de España (cosa que por otro lado me encanta) porque lo nuevo de Ari Aster no es para nada cine de estas proporciones. El cine de Ari Aster no es convencional, sus historias siempre ahondan en algo más de lo que en superficie se da a entender, en este caso esta fábula arcana y macabra no es otra cosa que un medio para dar disfrutar de la venganza definitiva a una relación personal falsificada durante un largo período de tiempo. El cine de Aster rezuma pulcro estilismo y Midsommar, pese a ser su segunda obra, es el no va más en este aspecto, rozando por momentos lo experimental. Todos tratan de decirlo… Ari Aster tiende a lo kubrickiano.

El tema está en que este largometraje se enfrenta cara a cara al peor escollo posible, su pasado más reciente. Aster sin embargo resuelve con soltura este reto ofreciendo un film embaucador y muy pero que muy lisérgico, pero desde luego no al alcance de todos. Durante sus largos 140 minutos, la historia propuesta por el propio director se puede resolver con muchas menos vueltas, nos metemos de lleno en uno de los géneros de horror más peculiares… el cine de terror folklórico. Por lo general el terror regional juega siempre con unas bases narrativas donde intervienen elementos tan simpáticos e icónicos como son las creencias ancestrales, los rituales y los sacrificios. Midsommar no oculta nada de esto, y tan pronto te pervierte con escenas espeluznantes a plena luz del día (o puede que de la noche más deslumbrante), como te atocina dándole vueltas a los eventos más soporíferos de tanta festividad. Uno se huele desde el minuto cero por donde van los tiros, pero Aster intercala esas otras historias que completan en definitiva una propuesta que navega entre la aterradora locura de El hombre de mimbre (The Wicker Man), como se pasa al ahora envidiado torture porn de Hostel. Pero lo mejor de Midsommar es que lo que se oculta va fraguándose a fuego lento, como los bollos de bello púbico que ponen de comida a uno de los incautos visitantes de la fiesta esta de mayo, Hårga, que se celebra en Hälsingland.

En Midsommar tienes la historia de Dani, muy bien esa transformación de la huérfana Florence Pugh, tienes la del traidor Christian, sufridor Jack Reynor, y tienes las historias de la tesis doctoral del antropólogo pesado Josh (William Jackson Harper), o la del aspirante a American Pie encarnado por Will Poulter (responde al nombre de Mark en la película). Ari Aster te presenta sus diferentes inquietudes o interioridades, más o menos interesantes, e introduce a los personajes en una espiral de irracional paranoia donde tan pronto un coro de mujeres en pelotas te acompasan un enfermizo coito con canturreos guturales, como te abren la cabeza de un castañazo mientras miras embobado papeles pintarrajeados por un fruto de la endogamia más trasnochada.

Digamos que Midsommar es menor que Hereditary, digamos que no es horror al uso, digamos que juega en la liga del cine de autor cuando te la venden como el blockbuster de terror del verano. No está mal, gusta y disgusta, y deja un sabor de boca extraño… como si vieras algo impropio y enfermizo. Lo mismo ocurría con Hereditary.

Un traumático nuevo cartel de Midsommar de Ari Aster... las cosas no van bien
Un traumático cartel de Midsommar de Ari Aster… las cosas no van bien

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No lo voy a negar, tras unas cuantas semanas sin dedicar tiempo a opiniones (espero poder recuperar los films perdidos), regresar con Spider-Man: lejos de casa (Spider-Man: Far From Home) de Jon Watts no deja de ser un reto por dos razones. La primera porque es la forma de quitarme el óxido que tengo ahora mismo en este tipo de entradas, y segundo porque el regreso de Spider-Man en solitario me deja desubicado y en un mar de dudas por lo que propone y, sobre todo, cómo lo propone. ¿Dudas? Os preguntaréis. Pues sí, dudas sobre lo que he visto, lo que funciona y lo que no, y porque estamos ante el primer film post-era Vengadores. El lastre no es baladí.

Veamos, Spider-Man: lejos de casa sigue con fidelidad el modelo propuesto en su predecesora, Spider-Man: Homecoming, y añade nuevas ideas que según se valoren puede gustar más o menos, o incluso no gustar. Como se hiciera en su predecesora, Spider-Man: lejos de casa toma como referente la exploración del modelo comedia teenager de John Hughes, pero añadiendo masivamente un factor romántico muy pero que muy teen, más un eurotrip estudiantil que bien podría haber supuesto que el film se hubiera titulado Las accidentadas vacaciones europeas de Spider-Man. Por un lado no se puede negar que Sony / Marvel son fieles a su plan, y Peter Parker es lo que es, un adolescente en la edad del pavo que está loco por una inconcebible MJ (Zendaya), que se quiere ir de viaje por Europa para ver si logra decirle lo que siente por ella, al tiempo que aguanta a su amigo Ned (Jacob Batalon), a su fan número uno Flash Thompson (Tony Revolori) y a otros cuantos compañeros de clase con mayor o menor protagonismo… los personajes y situaciones protagonizas por el par Ned / Betty y Brad son señales evidentes de que la comedia romántica teen es el esqueleto de Spider-Man: lejos de casa, los profesores son el alivio cómico adulto clásico de este tipo de comedias. Más evidente todo no se puede hacer.

Este enfoque puede gustar más o menos, pero no deja de servir un poco de sosiego / relleno, que se agradece, tras la hecatombe emocional que supuso Vengadores: Endgame. Debe dejarse claro que Spider-Man: lejos de casa no olvida, y Peter Parker (Tom Holland nuevamente sobresaliente en su versión más teenager del personaje) sucumbe de principio a fin a las presiones impuestas por el omnipresente Tony Stark (Robert Downey Jr.) y la responsabilidad que dejó este sobre el chaval… por alguna razón se insiste en querer hacerle un nuevo Tony, y aquí se desvirtúa en gran parte la esencia de Parker y el hecho de que es un adolescente que actúa como un adolescente… se les va un poco la pinza a Watts y los guionistas con según que cosas. Por otro lado Chris McKenna y Erik Sommers, lo arriba mencionados como guionistas, no se complican demasiado en esta aventura monoestructural de visita a capital europea, oportunidad perdida con MJ y batalla contra una criatura elemental. En medio, eso sí, un villano fabuloso, no totalmente fiel al Quentin Beck comiquero, pero tan bien elaborado que este Mysterio no se puede negar que mola… y más con Jake Gyllenhaal encarnándolo. Pena no habe podido ver como se dijo a Bruce Campbell como este villano en el Spiderman 4 de Sam Raimi… hubiera sido diametralmente opuesto, pero igualmente molón.

En definitiva, muy entretenida, muy teen, repleta de chascarrillos, de situaciones repetidas y de, sin lugar a dudas, millones de efectos visuales justificados… Mysterio así lo requiere. Tiene sus defectos, pero funciona y siembra el inicio de la era post-Tony Stark. Ah, como todo el mundo comenta el giro de la primera escena post-créditos te deja un poco con el culo torcido, el segundo ya aporta menos, si bien sigue expandiendo lo que veremos en el futuro… que será mucho y en muchas partes.

Ala, Spider-Man: lejos de casa
Ala, Spider-Man: lejos de casa

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Este fin de semana se ha estrenado El hijo (Brightburn), film que James Gunn pretendía presentar en la Comic-Con de San Diego del año pasado y que debido al affaire con Marvel Studios, que derivó en su despido fulminante de la silla de dirección de Guardians of the Galaxy Vol. 3, se quedó en el aire y rodeada de cierto halo de misterio… Tras varios meses de silencio comenzamos a saber qué narices era esto de Brightburn, lo de El hijo me parece demasiado genérico, proyecto dirigido por David Yarovesky (amigo de Gunn con no demasiado bagaje), y protagonizado por Elizabeth Banks, repetidora con Gunn tras la gloriosa y babosa La plaga (Slither), David Denman y Jackson A. Dunn. Los dos primeros madre y padre adoptivos del tercero… un niño diferente.

Creo que a estas alturas todos sabemos qué es Brightburn, historia de Brian Gunn y Mark Gunn que debe asumirse como rip off de Superman pero llevado al mundo del terror, la serie B y el gore. Por lo tanto, una visión subversiva y gamberra del mundillo de los superhéroes que pone sobre la mesa una premisa en la que todos hemos pensado, y que seguramente ya se ha contado en formato viñeta (vosotros diréis). Eso sí, no hace falta irse al mundo de los adultos para causar miedo y pasarse de vueltas, en El hijo los horrores los causa un chaval llamado Brandon (Dunn) que, en plena etapa prepúber y con sus primeros escarceos con eso del amor platónico y el autoerotismo, despierta de verdad tras un letargo que ha colmado de inesperada tranquilidad a su familia y pueblo en el que vive, Brightburn.

El hijo se sirve por lo tanto de esta premisa y nos conduce por la fase de aprendizaje de Brandon, del descubrimiento no ya de su cuerpo, si no de su verdadera personalidad y, sobre todo, de su misión en este mundo al que ha venido. Y no hay más, El hijo es así de simple, no ofrece nada más de lo que podéis esperar, pero gracias a lo que copia se pueden ver en ella todas la referencias que uno desea encontrar. Como fotocopia negativa de Superman El hijo es deliciosa, uno casi puede imaginar que está viendo el otro lado del espejo de la creación de Jerry Siegel y Joe Shuster. Ahí tenemos a nuestros Tori (Banks) y Kyle Breyer (Denman), versiones desafortunadas de Martha y Jonathan Kent, dos sobreprotectores padres adoptivos que no quieren ver lo que está pasando con su hijo. Ahí tenemos los momentos en los que Brandon descubre que es diferente al resto de niños (si bien lo suyo es de traca). También hay nave espacial donde si pudiéramos mirar más adentro conoceríamos todos los secretos que oculta el verdadero origen de la criatura. Visto desde cualquier otro enfoque El hijo es una más de terror modo jump scare, con unas cuantas buenas dosis de gore y con un par de secuencias francamente perturbadoras y elaboradas… a la par que destripadas en los trailers.

Y ya está, con todo esto El hijo (Birghtburn) es una propuesta entretenida, nada del otro mundo pero que se deja ver. Y ojo, es quizás su sobremesa, merced a todas las referencias y consecuencias, o su vinculación a la infravalorada gloria Super del propio Gunn, film del 2010 protagonizado por Rainn Wilson, Ellen Page y Kevin Bacon que todos deberíais ver si es que no la habéis visto ya, lo que hace que el poso sea mejor de lo que uno espera. En el cine nivel medio, a posteriori aumentan la ganas por enumerar todo lo que de Superman ha logrado pervertir.

Cartel de El hijo
Cartel de El hijo

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Resulta que Marvel Studios acaba de estrenar Vengadores: Endgame (Avengers: Endgame), el mayor y más brutal golpe épico-emocional dentro del cine comiquero hasta la fecha. Tras 11 años de carrera, todo arrancó en abril del 2008 con el estreno de Iron Man, hemos llegado al momento definitivo, ese en el que los héroes que nos han acompañado, entretenido y desesperado durante una larga década, afrontan el momento más crítico y crucial de su era. Ya nada volverá a ser igual tras este evento cinematográfico…

Tras el estreno de Vengadores: Infinity War (Avengers: Infinity War), los hermanos Anthony y Joe Russo anunciaron que se iban a despedir del universo comiquero que les había encumbrado, pero lo que no dijeron era que iban a hacerlo con una película referencial, un hito del entretenimiento mainstream, y recuerdo imborrable para todo fan que se precie (y que haya seguido con locura esta maratón plagada de rostros que durante muchos años sólo conocíamos como parte de una viñeta). No sólo eso, junto a su tesón ha resonado también con impacto el trabajo de guión de Christopher Markus y Stephen McFeely, llevan metidos en el ajo no desde el día cero pero casi (el escrito que sirvió de presentación del incansable Steve Rogers fue obra suya), lo que confirma que estos cuatro generadores de entretenimiento (colaboradores desde la magnífica Capitán América: El Soldado de Invierno) han estado fraguando una evolución en el género que difícilmente volverá a pasar.

Vengadores: Endgame es una catarsis de dimensión colosal, una aventura que marca un antes y un después dentro de lo que entendemos que este subgénero que protagonizan los héroes de cómic en cine, y que sin lugar a dudas planta una pregunta que nadie querría tener que responder… ¿y ahora? La película pasa por diversas fases tras el chasquillo de dedos más terrorífico jamás dado. El final de Infinity War supuso un duro golpe en las filas de los Vengadores (y en el mundo en general), por lo que Endgame sucumbe al dolor causado, alargándolo de forma extenuante ya no sólo en el tiempo, si no que en el corazón de los personajes que aparecen en pantalla. En el primer acto del film se puede sentir el mal trago que están pasando varios de los héroes que tantos buenos instantes nos han hecho pasar. Ese dolor trasciende y es palpable, Natasha lo pasa fatal, Steve lo pasa fatal y no quiere pasar página, Stark lo pasa fatal y opta por abstraerse, Barton lo pasa terriblemente mal y se cobra su particular venganza… pero lo pasan mal ellos y aquellos que comparten sus vidas (ese instante de la charla modo alcohólicos anónimos).

El segundo acto introduce un giro en la historia. La propuesta es fabulosa pero fuente de problemas y agujeros que ponen en duda la credibilidad de muchos acontecimientos del film… pero qué más da. Aquí la trascendencia emocional comienza a subir enteros y es donde la dimensión de los hechos sella el destino de varios de los héroes que hemos conocido durante la pasada década. Lo mejor es no entrar en detalles, pero ya nada volverá a ser igual en el MCU y sobre la mesa queda grabada la duda acerca el rumbo que tomará ahora Marvel Studios y sus planes cinematográficos futuros. Hay que reconocer no obstante que hay algún que otro momento sonronjante, pero a estas alturas de este pantagruélico proyecto comercial lo mejore es mirar hacia adelante y pasárselo bien (ya sea riendo o llorando… hay para todo en tres horas).

En fin, Vengadores: Endgame es sobresaliente. Cómica, dramática, emotiva, rompedora, tiene sus problemas, pero es algo con lo que el fan podrá sobrevivir. A ver si mañana le dedico una entrada plagada de  SPOILERS .

Cartel de Vengadores: Endgame
Cartel de Vengadores: Endgame

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