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Opinión


El trío calavera que forman Matthew Vaughn, Jane Goldman y Mark Millar son los encargados de ponernos muy pero que muy contentos con Kingsman: Servicio Secreto (Kingsman: The Secret Service, 2014), adaptación y ejemplo del modelo creativo que define el enfant terrible Millar, y uno donde prima lo gamberro, auténtico, imaginativo y, amén, violento. Vaughn, aunque parco en trabajos si tenemos en cuenta la de años que lleva metido en el ajo, vuelve a dar el todo por el todo con una obra cinematográfica divertida, macarra, educada, hiperactiva y generosamente sangrienta. Ya en el pasado lo hizo de vicio, Kick-Ass: listo para machacar (Kick-Ass, 2010) le permitió probar lo que era unirse a estos dos colaboradores, X-Men: Primera Generación (X-Men: First Class, 2011) o Stardust (2007) le sirvieron para trabajar con la Goldman y ponernos sobre la pista de grandes aventuras y mejores ideas… son lo mejor de lo mejor.

Kingsman, entrada por parte de Vaughn en un género que no había tocado hasta el momento, es por lo pronto una película que bebe de los iconos que hemos degustado a lo largo de muchísimos años si nos paramos a pensar en esa imagen del grupo de caballeros británicos que sin despeinarse y con formas depuradas son capaces de salvar el mundo, encabezados todo sea dicho por una impoluto y perfecto Colin Firth en el papel de Harry Hart, nombre el clave Galahad… sí, uno de los caballeros de la mesa cuadrada redonda del rey Arthur (Michael Caine), Merlín (Mark Strong) o Lancelot (Jack Davenport) también aparecen por la película. Estos caballeros son una suerte de agentes doble cero modernos a la par que clásicos donde prima la etiqueta en forma de planchados trajes a medida, y donde hay cabida para los cachivaches más inusuales, fantástico el zapato cuchillo a lo Rosa Klebb (Lotte Lenya), el paraguas de mil usos o la simple referencia al zapatófono de turno… algo muy pero que muy Maxwell Smart (Don Adams).

Pero Kingsman tiene mucho más ya que cuenta con su villano de postín, un magnate de internet que responde al nombre de Richmond Valentine, a esta versión de Samuel L. Jackson hay que escucharla en versión original, que siempre va acompañado por la frenética y escandalosa bailarina argelina Sofia Boutella… no me lo podéis negar pero esa Gazelle está al nivel henchman de Tiburón (Richard Kiel) o Oddjob (Harold Sakata)! Valentine es además un arma de doble filo, parece tonto pero en el fondo de esa tontería hay una mente perversa, excéntrica y sin un ápice de moralidad… de hecho mete miedo cuando le da congoja descubrir los efectos de su plan. Pero lo mejor de todo es que si bien este señor es el gran malo, es la realidad de nuestros días la que le permite hacer su trabajo. Que sí, que su plan es de los de uno entre un millón, es tan James Bond que se te hincha el pecho de sólo pensarlo, pero Millar, y por lo tanto Goldman y Vaughn, se ríen de los dirigentes de hoy en día, de las puñeteras corruptelas que protagonizan y del por qué no mirar para otro lado si de regalo voy a tener un suculento maletón repleto de billetes. Kingsman es por lo tanto un elemento crítico y por ello se disfruta mucho más.

Y paralelo a todo esto, a ese espíritu de las historias de espías de James Bond, F de Flint o el dúo dinámico John Steed y Emma Peel, se nos cuenta una segunda historia, una en la que el rebotado social Gary ‘Eggsy’ Unwin (Taron Egerton) es la baza elegida por Harry Hart para aprovechar la carencia de la pata de la mesa que son los agentes de Kingsman y cubrir así una vieja deuda que adquirió en su pasado. Egerton apunta muy alto, cubre con creces su papeleta de chico de barrio que apunta a nuevo agente Kingsman, apoyado por la planta y presencia de ese galán que es Firth. En definitiva, una película 100%, y me quedo corto, recomendable. De esas con las que te lo pasas teta, te ríes, lo flipas y te cubres de gloria como antaño lo hacías viendo las rocambolescas misiones de tus agentes secretos favoritos.

Mención especial al plano final de Hanna Alström como la Princesa Tilde… gamberrismo calenturiento!

Kingsman: Servicio Secreto
Kingsman: Servicio Secreto

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Después de quedarme sin verla la semana pasada por culpa de un fallo con la cabina del cine, este pasado sábado, y pese a las advertencias, me fui a ver El destino de Júpiter (Jupiter Ascending, 2015), lo nuevo de los dispares Hermanos Wachowski, seres capaces de las más impresionantes peripecias, véase la trilogía Matrix o la reciente y sobrecogedora El atlas de las nubes (Cloud Atlas, 2012), o de los productos más catastróficos… sí, hablo de Speed Racer (2008). Dado que los hermanos Andy y Lana son gente de extremos, ¿en que lado debemos poner a El destino de Júpiter? Pues que queréis que os diga, ni en el uno ni en el otro, y de hecho ni en el medio. El destino de Júpiter es una rareza de tomo y lomo, un producto errático y atípico, repleto de referencias cansinas a su cine, que tan pronto combina la hiperactividad del mejor modelo de acción, hay alguna escena que quita el hipo y que sigue explorando esa marca por la que nos rendimos ante el arte de los Wachowski, con la pamplina más simple, rocambolesca, absurda y que te rompe el ritmo sin pararse a pensar por qué narices el espectador se merece esto.

El film es difuso, chocante, curioso en sus planteamientos, eso de la inmigrante rusa llamada Júpiter (Mila Kunis) que de pasar la escobillas por inodoros varios repentinamente pasa a estar en el punto de mira de toda la galaxia, la que nos controla y no conocemos, tiene un punto, pero su grotesca familia, su más extraña forma de vivir y un millón de cosas más, Soylent Green implícito, hace que te pierdas… casi tanto como el momento digno de Terry Gilliam en el que Júpiter, Kane (Channing Tatum) y un robot picapleitos se trasladan a "la casa que enloquece" de Las doce pruebas de Astérix (Les douze travaux d’Astérix, 1976). Por lo demás parece que la película no sabe qué hacer consigo misma, ¿va dirigida a un público sesudo por lo trascendental de su historia o es un producto exclusivamente palomitero? Pues en estos momentos sigo sin saberlo. Las piezas no encajan, los personajes no encajan, se supone que Balem Abrasax (Eddie Redmayne) es el villano pero pinta menos que la UGT con Franco, sus hermanos Titus (Douglas Booth) y Kalique (Tuppence Middleton) están pero no se sabe muy bien con qué objetivo. Las pintas de Tatum son dignas de ver, las pintas de la Kunis son mucho más dignas que ver que las de Tatum, y lo de el aparecido Sean Bean no funciona… y no funciona porque no hay épica ni tradición en su personaje!

En definitiva, en El destino de Júpiter los Wachowski pergeñan una space opera con posibles pero que tras construir un universo propio, personal, grandilocuento (y bastante histriónico) palidece y se pierde en un agujero negro de nadería… aunque quién sabe, igual el director’s cut de este film, recordemos que llega con casi un año de retraso, salva los muebles. Os no gustará.

Uno de los carteles de El destino de Júpiter
Uno de los carteles de El destino de Júpiter

 

Estimado Dan Gilroy, ya puede sacar pecho. Al igual que ocurrió ayer con Damien Chazelle y su impresionante Whiplash, lo suyo y su Nightcrawler (2014) es también para dar infinitas gracias.

Resulta que este veterano guionista, su pasado se viste de las muy irregulares Freejack: sin identidad (Freejack, 1992) o El legado de Bourne (The Bourne Legacy, 2012), aunque merece un fuerte aplauso por The Fall: el sueño de Alexandria (The Fall, 2006), ha dado con la tecla al sacarse de la manga la vida y obra de Louis Bloom, una suerte de esquizoide supino armado con una cámara que encarna con desagradable maestría el mago Jake Gyllenhaal. Gilroy nos cuenta una interesante historia, la de un tipo que en su propio mundo vive con esa lacra que confirma que no es capaz de hacer nada con su presente. Un día, y gracias a que se cruza con un "reportero" freelance interpretado por Bill Paxton, acaba por probar suerte en el medio del periodismo mediocre, del de los bajos fondos, la falta de moral y la superficialidad más absoluta, ese en el que explota el morbo más sangrante, literal, de los que podemos imaginar. Ríete tu de Tele 5 y sus milongas. Bloom se adentra a toda velocidad en un mundo siniestro y altamente competitivo movido por el regusto de lo macabro y lo violento, y, como pez en el agua gracias al impulso que le da la periodista encarnada por Rene Russo, va haciendo su agosto en la calientes noche de la ciudad angelina.

Gilroy no inventa nada nuevo, pero se anima a juntar en nuestro tiempo monstruosidades varias como las que ya conocimos viendo films como El fotógrafo del pánico (Peeping Tom, 1960), El ojo público (The Public Eye, 1992) o Network, un mundo implacable (Network, 1976). Chupando de todas estas películas el director crea a este personaje que responde al nombre de Louis y nos emboba viendo su "arte". Bloom dirige, engaña, maneja, miente, corrompe y no duda en explotar todo aquello que nos puede resultar más deleznable, el último tercio del film es brutal como ya lo fuera el montaje que se sacaba de la manga Leon Bernstein (Joe Pesci) con sus cámaras de fotos. Pero eso que supera con creces el concepto de desagradable es a ojos de Nina Romina (la Russo), producto, calidad y, sobre todo, resultados. No importa la carencia de ética que tenga lo filmado por Bloom, es valor para el canal en el que trabaja la Romina, y por lo tanto hay que comprarlo, porque o ellos u otros, obviando debates internos sobre la moralidad, y emitirlo… aunque siempre apuntando eso de "las escenas que van a ver son violentas, están avisados".

En definitiva, Nightcrawler es otra que debe verse ya no sólo por lo mutante de Gyllenhaal, que mete miedo, si no porque pone sobre la mesa una especie que en realidad puede que ya exista… aunque, crucemos los dedos, no a ese nivel de mediocridad, ¿no?

Cartel de Nightcrawler
Cartel de Nightcrawler

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¿Os pirráis por la intensidad?, ¿os morís por estar acongojados durante largos momentos del metraje de una película?, ¿buscáis meteros de lleno en un film y sentir ser parte de lo que en él se cuenta? Eso es Whiplash (2014), joya cinematográfica que debéis ver al menos una vez en vuestra vida, si no más, rodada y escrita por Damien Chazelle, alucinante director debutante y responsable, aquí tiene un poco más de tablas pero no como para no sorprenderse, del guión de la también muy recomendable Grand Piano (2013) del español Eugenio Mira.

A modo duelo al sol interpretativo, los 15 minutos finales son tensión digna de Sergio Leone pero trasladada al mundo del Jazz, se nos cuenta la historia de Andrew Nieman, joven batería encarnado por un Miles Teller que se desvive físicamente por el papel que interpreta. Resulta que el chico este estudia en el conservatorio de música más prestigioso de la ciudad, el ficticio Shaffer Conservatory of Music, hasta que llega ese día en el que cierto profesor entra a formar parte de su vida… para cambiarla. Entra en escena J.K. Simmons, el rudo, odioso, extremo, violento y desagradable profesor Terrence Fletcher. Alucinado por lo que promete este chico de tan sólo 19 años, Fletcher decide que pase a formar parte de su clase de excelencia y es aquí cuando el espectador descubre la pasta de la que están hechos tanto alumno como profesor. Comenzando por Andrew estamos ante alguien convencido de que la letra con sangre entra, seguro de sus capacidades, de su innato poder como batería de Jazz y obsesionado con lo que hace. Alguien que no dará el brazo a torcer, que prefiere cometer sacrificios personales y físicos que a la larga le puedan cambiar si con ello logra su objetivo… ser el mejor. Con un ego que no tiene límites porque sabe de lo que es capaz, no es lo suficientemente listo como para saber eso de que no siempre es bueno creérselo tanto ya que puedes dar con la horma de tu zapato y entonces las cosas pueden no ser lo que esperabas… o sí. Esto es lo que ocurre cuando descubre que Fletcher es en realidad un mariscal de campo, un sargento Highway que no se corta un pelo a la hora de humillar y castigar de forma psicológica y física a sus alumnos con tal de cumplir su sueño… descubrir esa nueva joya que reviva el género musical que ama y por el que vive.

Whiplash pone sobre la mesa un factor importante del aspecto formativo que implica ser el mejor. En este y otros artes, destacar sobre el resto requiere de unos niveles de sacrificio personal incalculables. Chazelle nos los muestra y deja claro que Fletcher los conoce y los ha sufrido (o los ha hecho sufrir), al tiempo que nos descubre vía Nieman lo que supone irlos asumiendo. Ruptura familiar, ruptura social en lo tocante a amigos y pareja, autoconvencimiento y por lo tanto más ego subido de tono o superioridad y odio hacia tus competidores, lo que redunda en ser más y más un solitario. Fletcher se lo mete en vena a Nieman y este, ya tiene la mente trabajada para ello, lo aplica.

El film va marcando el ritmo un dos tres cuatro con secuencias de intensidad musical y batalla interpretativa atronadores para luego cambiar a momentos personales e íntimos de la vida de Andrew, una cosa compensa la otra ya que para salir taquicárdicos del cine tampoco estamos. Y esto sirve para algo más, asistir a una batalla en la que J.K. Simmons lo rompe, deja perplejo al respetable con su presencia destroza vidas, con su actitud de dictador y con la brutal forma de impartir clases, castigo espartano a tortazo limpio si hace falta. Puede que aquí nosotros seamos un poco culpables porque por alguna razón se llega a disfrutar con sus humillaciones, viendo como pone de vuelta y media a sus alumnos o como llevar hasta la extenuación a los baterías candidatos con tal de lograr que hagan lo que el quiere que hagan. Simmons maneja las escenas, da entrada a su compañero de reparto, que habrá aprendido lo que no está escrito, y se erige como gran referente a seguir a lo largo de toda el metraje, se gusta y nos gusta. Miles Teller también cumple como una bestia, sufrida, rebelde y guerrera. En definitiva: son tal para cual y lo mejor es que uno lo disfruta.

Uno de los carteles de Whiplash
Uno de los carteles de Whiplash

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Cosas de la vida, más o menos un año y pico después de recibir un indulto por un delito "propio" de la época retrógrada en la que le tocó vivir, tenemos la oportunidad de conocer un poco más de la vida de Alan Turing, el denominado como padre de la informática y protagonista de The Imitation Game (descifrando Enigma), biopic fresco, dinámico y muy recomendable si te apetece saber más. Bajo el mando de Morten Tyldum, bravo, podemos disfrutar nuevamente de este actorazo que responde al nombre de Benedict Cumberbatch y por el que beben los vientos medio Hollywood… o medio mundo si somos más realistas. Cumberbatch se mete de lleno en la piel de Turing, un genio que como todos los de su nivel, adelantado a su época, diferente y especial, se ganó el sambenito de antisocial, aunque la razón no fuera en su totalidad debido a su extraña personalidad (que traía cola igualmente). Turing vivió en una época convulsa, ya no sólo por lo de la Segunda Guerra Mundial, en la que tomo parte encabezando el grupo de personas que acabaron con el implacable cifrado de la máquina Enigma usada por las tropas alemanas para evitar que sus mensajes fueran "comprendidos" por los aliados, si no por su condición de homosexual, en Inglaterra, y resto del mundo, estado inmoral con diversos grados de castigo. Por lo tanto, una vida de tortura, ocultación y traición personal.

¿Qué es por lo tanto The Imitation Game? Pues sin lugar a dudas una de esas que se deben disfrutar sí o sí en pantalla grande, para conocer mejor a Alan Turing, para disfrutar de Cumberbatch y para saber más sobre el trágico silencio al que se veían, y se siguen viendo, abocados muchos. Junto al actor británico, se está llevando menos precios de los que merece pero este año la cosa está muy competida, tenemos una serie de secundarios que hacen acopio de sus mejores virtudes ofreciendo papeles notables que sirven de perfecto complemento para la presencia del bueno de Benedict. Keira Knightley, Matthew Goode, Charles Dance o Mark Strong, con su habitual fabulosa presencia, completan un reparto que engrandece una historia entretenida, con cierto toque de aventura, trágica en su fondo y seductora de principio a fin… aunque ese final sea de los que castigan.

Uno de los carteles de The Imitation Game
Uno de los carteles de The Imitation Game

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Se cierra un ciclo y el nuevo periplo de Peter Jackson por la Tierra Media toca a su fin con la presentación de El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos (The Hobbit: Battle of the Five Armies, 2014). Han sido tres navidades de experimentación con esto del HDFR, tres navidades de libertades literarias y tres navidades de expansión masiva de una novela de unas 200 páginas (más los apéndices escritos por J.R.R. Tolkien en su momento). El ofrecimiento del director neozelandés es generoso y nuevamente es innegable que visualmente la experiencia de la alta definición sumada al aumento de framerate es algo que debe verse para disfrutar, o aborrecer, la propuesta. Aunque siguen habiendo momentos chocantes de hiperrealidad que hacen ver el producto final más como un teatro que como una película, el conjunto es perfecto y, en cines, estamos ante la única muestra del nuevo límite al que pueden llegar las producciones cinematográficas.

No obstante hay cosas que escaman y, hay que decirlo… no son pocas. ¿Estamos ante una película entretenida? Pues innegablemente si, entre el frenesí del arranque, que no deja de ser el final del anterior film, y el desenlace posterior que dura cerca de media película, Peter Jackson se ha ganado a una buena cantidad de público. El no lector de la obra asumirá que todo es verdad y santas pascuas. Cero preocupaciones, consumo de palomitas asegurado y dos horas y cuarto después de apagarse las luces pues feliz de la vida (para las prometidas tres horas hay que esperar a la versión extendida). Luego está el otro lado, el más crítico con la adaptación y con los aspectos de continuidad y montaje en general. Aquí Peter Jackson, Philippa Boyens, Fran Walsh y Guillermo del Toro, no se libra nadie ya que todos figuran como guionistas, nos han hecho la puñeta. “Extendámonos“, dijeron unos, “de acuerdo“, gritaron otros. No lo veo mal, pero si lo vas a haces trata de no meter con calzador según que historia en según que momento.

Una gran parte de la producción la desvirtúa, no hay defensa posible, un personaje como Legolas. Me pregunto qué tipo de trato debía tener firmado Orlando Bloom con el diablo para ganarse el derecho a ser protagonista de El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos, en esta película sale hasta cuando no se lo merece. Pegado a él como una lapa tenemos a Tauriel (Evangeline Lilly), producto Hollywood llegado para compensar el ratio hombre vs. mujer y para que la película sea comprendida cumpliendo con los cánones que se marca en el desarrollo de guiones perfectos al otro lado del charco… “love interest“, aunque sea forzadísimo. Tras la ración élfica logras de alguna forma encauzar los destinos de nuestros personajes y hasta aquí bien, pero como tiene que haber un personaje tontorrón, villano de poca monta y medio pelo, pues escarbas y encuentras a Alfrid (Ryan Gage)… ¿Quién? Alfrid. Qué narices pasa por la mente de un guionista para pensar que este tipo debe copar un par de decenas de minutos de film e irse de rositas. Pues no lo sé y no quiero saberlo. Si lo de Tauriel o Legolas lo podemos hasta asimilar, lo dé Alfrid no y más cuando te olvidas por completo de 10 de los 13 enanos que se han ido a Erebor a reclamar su tesoro.

Esa es otra realidad, ¿qué leches ha pasado con Balin (Ken Stott), Dwalin (Graham McTavish), Bifur (William Kircher), Bofur (James Nesbitt), Bombur (Stephen Hunter), Oin (John Callen), Gloin (Peter Hambleton), Dori (Mark Hadlow), Nori (Jed Brophy) y Ori (Adam Brown)? Pues se ve que no nos debe interesar. Su presencia es anecdótica, bien merecían protagonizar algún momento más épico con idea de empatizar con el conjunto y no dejar todo en manos de Fili (Dean O’Gorman), Kili (Aidan Turner) y Thorin (Richard Armitage). Más aún, hacia tiempo que no veía un final más insulso que este. La emotividad del cierre de la trilogía de El Señor de los Anillos se come con patatas la frialdad con la que Peter Jackson despacha El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos. Si es que canta demasiado que veremos entierros, homenajes y fanfarria en la edición para cine en casa de la película.

Y hay más, Azog y Bolg, la bomba Beorn, Radagast domador de Águilas, Galadriel vs. El Nigromante, Saruman y Elrond… paranoia y LSD. Todo suma Peter Jakcson, y El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos es la versión descafeinada de El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey (The Lord of The Rings: The Return of The King, 2003)… si hasta tenemos piruetas digitales de Legolas que claman al cielo! En fin, se disfruta, pero en mi caso se trata de la confirmación de que Peter Jackson debe cambiar de aires lo antes posible.

Cartel final de El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos
Cartel final de El Hobbit: La Batalla de los Cinco Ejércitos

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El viaje más emocional de Christopher Nolan en esto del cine ha tenido que ser uno al espacio más profundo como el narrado en Interstellar (2014). Un viaje que aúna las teorías más sesudas, algunas de las cuales son largadas en interminables peroratas ante las cuales el espectador medio, o avanzado, deberá asentir con la cabeza porque cuesta seguir toda la teorización que se pone sobre la mesa, con el destino, el miedo, el sentimiento, el dolor, la distancia, las promesas, el arrepentimiento y, sobre todo, el paso del tiempo.

Interstellar es una historia emocionante y vital, una historia en la que el mundo se nos muere y ante el pavor a ver como tus descendientes deberán claudicar por acciones del pasado te ves obligado a tomar decisiones que llegan acompañadas de mentiras. Nolan presenta así el viaje de Cooper, inconmensurable Matthew McConaughey con momentos de tal intensidad que es imposible no sentir congoja, un otrora piloto e ingeniero transformado ahora en granjero por cómo están las cosas en esa futurible Tierra que se nos enseña. Hombre inteligente, y culo inquieto, decide plantar cara a un nuevo reto que se le pone por delante, tratar de llegar donde nadie ha llegado y encontrar la última oportunidad de salvar a la humanidad, y por ende / egoísmo a su familia. Cooper pone por lo tanto su destino en manos del profesor Brand, Michael Caine que mayor estás, y se embarca junto a Amelia (Anne Hathaway), Doyle (Wes Bentley) y Romilly (David Gyasi) en la Endurance. El objetivo no es otro que cruzar un agujero de gusano que alguien ha puesto por arte de birlibirloque cerca de Saturno y resolver el entuerto que nos consume.

Interstellar se adentra entonces en un viaje inusual y doble. Por un lado uno más científico en apariencia pero con un fondo vital y humano que de subyacer bajo un montón de teorías a cada cual más chiripitiflautica acaba aflorando como elemento primordial de toda la narrativa. El segundo el vital que no oculta el director británico y en el que te conmueven Mackenzie Foy, Jessica Chastain y Ellen Burstyn. Y ahí es donde Nolan nos gana. Ya no sólo por contar una historia de ciencia ficción que te atrapa, si no por invertir una cantidad de pasta y de minutos, 162, ingente para provocar que lo más profundo de la persona se acabe por emocionar. Que sí, que igual es un juego barato derivar todo el planteamiento sobre el que te has acomodado durante un par de horas para acabar tornando la base científica en una mucho más espiritual. Pero me da igual, Nolan lo hace, lo justifica como le sale de las narices y el espectador tiembla, imposible que tus sentimientos no salgan a relucir, ante la propuesta.

Interstellar se riega de paso con espacio real, ese vacío de sonido pero repleto de desasosiego. Nos presenta también una Tierra árida, enfadada con el ser humano y que en un acto de supervivencia decide provocar nuestra aniquilación. Pone sobre la mesa también viajes por agujeros de gusano, agujeros negros, planetas en galaxias lejanas con sus propias características o las jodidas malas jugadas del paso del tiempo. Juega además con geniales curiosidades, como el contrapunto que el director, y su hermano co-guionista Jonathan Nolan, proponen al espectador. La calculada frialdad de los viajeros de la Endurance, y de los que se han quedado en la Tierra, contrasta con ese modelo de robot aparentemente poco útil que sin embargo demuestra tener lo que algunos han debido olvidar. TARS y CASE son en muchísimas ocasiones más humanos que los propios humanos… y esto duele también.

Interstellar gustará o no, pero a mi me ha dejado con el culo torcido, con los sentimientos a flor de piel, alucinado con McCounagey o Chastain, flipado con los duros contrastes de la fotografía de Hoyte Van Hoytema o la destructiva música de Hans Zimmer que en modo Philip Glass del nuevo siglo provoca mil y un escalofríos y momentos de auténtico dolor de corazón. En fin, una maravilla… aunque le lloverán las críticas por ser altamente ñoña y francamente incomprensible. Id a disfrutar del cine en pantalla grande que hay oportunidades que no se vuelven a repetir.

Embárcate en Interstellar
em>Embárcate en Interstellar

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Pues con su estreno a la vuelta de la esquina, nos espera un 25 de diciembre un pelín macabro, llega otra de las muy disfrutables en el Festival de Sitges 2014. Dirigida por Juanfer Andrés y Esteban Roel, más el apadrinamiento de Alex de la Iglesia, Musarañas (2014) fue lo mejor del cine patrio visto en los cines de la ciudad costera. Terror de posguerra, terror con tintes católicos malrollistas, terror encabezado por una impagable Macarena Gómez que se merienda todo lo habido y por haber. Con claras referencias a las obsesiones amorosas de El seductor (The Beguiled, 1971), aunque con mucha cercanía al Misery (1990) de Rob Reiner, esta obra de teatro agobiante transcurre en una casa donde no querrías ni asomarte para saludar. Y ojo, porque la paranoia que se labra en la cabeza del personaje de la Gómez va in crescendo hasta un apoteósico final no apto para todos los públicos. Lo dicho, una de las grandes sorpresas de este año y una película a reivindicar.

Cartel final de Musarañas
Cartel final de Musarañas

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Un nuevo film indi que ha sido un gustazo descubrir. Zak Hilditch nos presenta These Final Hours (2014), historia apocalíptica donde asistimos a las últimas horas de vida del planeta. Con todo el mundo siendo arrasado por un cataclismo definitivo, Hilditch nos pone sobre la mesa una historia de malas decisiones, irresponsabilidad, momentos irrepetibles y situaciones personales duras y dolorosas. Protagonizada por Nathan Phillips, premio al mejor actor aunque no lo entiendo, y una impresionante Angourie Rice, no creo que llegue a los 12 años, la película une los destinos de dos personajes completamente diferentes y transita entre el egoísmo del primero y la inocencia de la segunda. Lo poco razonable y lógico que se puede ser en una situación tan poco optimista, te vas a morir lo quieras o no, evoluciona hacia el sentido común pero siempre sabiendo el hecho de que tu destino está sentenciado y por lo tanto no hay forma de evitarlo. Momentos crudos, emocionalmente dolorosos y tristes, These Final Hours tiene algunos instantes de esos en los que se helará la sangre y muy probablemente te de un vuelco en el corazón.

Cartel australiano de These Final Hours
Cartel australiano de These Final Hours

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Otra de las joyas vistas en Sitges 2014 fue esta tragicomedia socarrona repleta de humor muy negro, cafre diría yo, escrita y dirigida por el argentino Damián Szifrón y titulada Relatos salvajes (2014). Divertida propuesta de cine de segmentos protagonizada por rostros como los de Ricardo Darín, Darío Grandinetti, Rita Cortese, Julieta Zylberberg o Leonardo Sbaraglia, que pone al espectador en seis situaciones extremas, esas en las que por lo general nos cortamos y no desencadenamos una a lo Un día de furia (Falling Down, 1993). Comedia extrema que personalmente nace con un pedacito de obra maestra, arrancar con la secuencia de "Pasternak" en el avión es llorar de la risa, y que previo tomar velocidad con las siguientes cinco historias pone sobre la mesa los títulos de crédito más originales del año. Probablemente decaiga en sus dos últimas historias, no les veo una resolución tan mágica como las cuatro anteriores, pero no por ello dejamos de estar ante un film de obligada visión… #TodosSomosBombita. Tronchante y tan imprevisible que se disfruta desde el minuto cero hasta el instante final. Comentar que Relatos salvajes se ha estrenado este fin de semana, así que pasad de ecualizadores y tortugas y apostad por la comedia macarra.

Un cartel de Relatos salvajes
Un cartel de Relatos salvajes

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