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Opinión


El pizpireto cine de Wes Anderson no suele dejar indiferente. Por lo general es un cine muy de extremos: o lo disfrutas y comprendes con sus rarezas y peculiares personajes o, en caso contrario, aborreces con descaro esa forma tan incalificable de contar historias aparentemente carentes de sentido y que superan con olgura el límite del histrionismo que puede asumir el ser humano. El Gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel, 2014) es sin embargo su film más asimilable, dinámico, divertido y entrañable, aunque sin embargo no alejado del modelo narrativo y visual con el que muchos disfrutamos en Los Tenenbaums (The Royal Tenenbaums, 2001) o Life Aquatic (The Life Aquatic with Steve Zissou, 2004). Es además una nueva oportunidad para disfrutar de los múltiples homenajes de Anderson al cine de los grandes, desde el misterio de la Cortina rasgada (Torn Curtain, 1966) de Alfred Hitchcock, maravillosa copia de la secuencia en el museo entre Paul Newman y aquel agente de rostro curtido y moto molona que respondía al nombre de Gromek (Wolfgang Kieling), o la comedia extrema de Roman Polanski en El baile de los vampiros (Dance of the Vampires, 1967), pero sin dejar de lado ese arte de la combinación en la que este director se siente tan cómodo y donde tienen cabida formas de comedia cercanas al slapstick o el uso del arte del stop-motion y la animación modo Monty Python.

Además, será por el carisma de Anderson, pero nuevamente una de sus películas vuelve a ser un escaparate de actores que si nos paramos a echar cuentas pocas producciones podrían llegar a reunir si no fuera desembolsando ingentes cantidades de dinero. Destacan sobre manera un supremo Ralph Fiennes, estamos en abril y además de darle ya todos los premios por adelantando deberían hacerle un monumento, encarnando al extremadamente culto, educado y correcto M. Gustave, aunque todos esos maravillosos instantes en pantalla ganan mayor presencia con sus incalificables y aberrantes salidas de tono, y sin dudarlo Tony Revolori, Zero, botones del Gran Hotel Budapest que se gana su presencia de la mejor forma posible y que no es otra que poniéndose al nivel de su compañero de fatigas M. Gustave. Esta buddy movie se completa con un reparto coral donde el espectador disfrutará descubriendo a Edward Norton, al veteranísimo F. Murray Abraham, Jude Law, Willem Dafoe, Adrien Brody, Jeff Goldblum, Tilda Swinton, Tom Wilkinson, Harvey Keitel, Saoirse Ronan, Bill Murray, Léa Seydoux o Mathieu Almaric… ¿Me dejo a alguien?

Y más cosas, a una cuidadísima forma de hacer cine, Wes Anderson es hombre de creatividad desbordante y la técnica le acompaña, hay que añadir un guión como la copa de un pino, frenético, divertido, entrañable o melancólico, pero que no impide que sueltes más una carcajada. Todo esto regado con un trabajo musical de Alexander Desplat que vuelve a demostrar que estamos ante uno de los más grandes del momento y que es poco el reconociendo que se le da.

En definitiva, una joya, en estos momentos el mejor film del año y ya tienen que venir cosas buenas de aquí a diciembre para que haya algo de competitividad en este 2014. Si no la has visto… ¿A qué cojones estás esperando? ¡No me jodas y vete al cine!

Cartel del film

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Pues resulta que Marvel Studios lo ha logrado otra vez. El sinuoso rumbo que sigue el estudio cinematográfico cuando hablamos de calidad vuelve a alcanzar un nuevo punto álgido con este generoso estreno que responde al interminable título de Capitán América: el Soldado de Invierno (Captain America: The Winter Soldier, 2014). No lo voy a negar, con lo reluciente que es Iron Man – el valor de Robert Downey Jr. sigue siendo incalculable – comienzo a cansarme de lo poco que disfruto con lo que ofrece Thor y aplaudo con fuerte entusiasmo juvenil el carismático traslado que está teniendo un personaje como el Capitán América a la gran pantalla. Será por la cercanía que transmite el héroe, menos egocéntrico que el ricachón Tony Stark y nada supremo cuando lo comparamos con el dios del trueno, resultando ser un tipo más de andar por casa, con constantes dudas, fuera de su tiempo y al que no le resulta fácil ser tan especial. Gracias a esto, y al muy buen hacer de los hermanos Anthony y Joe Russo, sorprenden, las nuevas aventuras de Steve Rogers resultan ser de lo mejorcito que ha parido Marvel en esta era de universo cinematográfico, aupándose a un puesto más que encomiable, no voy a decir que el más alto de la lista pero se le acerca.

Y el tema es que Capitán América: el Soldado de Invierno da un nuevo paso dentro de la amalgama de situaciones e historias que ha ido adaptando Marvel al cine, ofreciendo un film de acción al modo vieja escuela, desprende aroma a esos ahora lejanos ochenta gracias a unas secuencias ciertamente espectaculares como ese arranque marino, entretenidísimo, o el primero cruce de caminos que enfrenta cuerpo a cuerpo a Rogers con su nueva némesis, combinada con esa nueva guerra fría, o tecnológica, en la que las grandes corporaciones mundiales, países al fin y al cabo, han optado por controlarlo todo y a todos. Y el tema es que entre tanta trama conspiranoica y esa acción más física y clásica, saltamos a un derroche visual que se apoya nuevamente en multitud de efectos que, por otro lado, no resultan tan pintorescos y excesivos como esos de otros mundos de este extenso universo comiquero.

Bravo por Chris Evans que sigue dando el do de pecho encarnando a un personaje tan alejado de lo tecnológicamente estrambótico, bravo por Sebastian Stan y su participación como el Soldado de Invierno, bravo por los giros, los toques de humor, los mil guiños – hay que sacar libreta para ir anotando detalles – y la constante continuidad que está otorgando Marvel a este especie de serial mainstream que se puso en marcha en 2008, y que con films como este por mi puede durar unos cuantos años más. El resto cumple con creces, desde Samuel L. Jackson como el paranoico Nick Fury, atención a la escena de la persecución, pasando por la compañera de fatigas Scarlett Johansson en la piel de una Viuda Negra alcahueta y llegando a un Anthony Mackie que como el Halcón da ese toque más terrenal entre tanto supersoldado, sin olvidar la presencia de un veterano como Robert Redford que aporta lo suyo como Alexander Pierce.

En definitiva, 130 minutos de entretenimiento, buena trama, acción notable y un par de escenas sorpresa finales que merecen ser vistas… sobre todo esa primera que traerá a más de uno/a de cabeza. La siguiente estación se llama Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, 2014), ¡que no paren!

Edición limitada que solo podrá ser disfrutada por el personal que ha trabajado en el film

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Y más Sitges, turno de la mini review de The Congress (2013) de Ari Folman, el director del multipremiado documental Vals con Bashir (Vals Im Bashir, 2008), que se adentra en una película personal y muy cinematográfica pero particularmente psicotrópica protagonizada por una Robin Wright que desnuda su alma en uno de los primeros actos más emocionantes del cine, merced mucho de ello a un speech que se gasta Harvey Keitel y que, por muy duro que seas, te logra sacar más de una lágrima. A partir de ahí Folman, que adapta "Congreso de Futurología" de Stanislaw Lem, el autor de "Solaris", nos hace dar un salto de fe a una continuación de los hechos pasados que se tornan en una extraña historia sobre la desesperación por recuperar la identidad perdida, o vendida, en un mundo animado que recuerda en muchos aspectos al hiperactivo y grotesco universo del Tex Avery más descarriado. Visualmente única con una animación repleta de iconos que al igual que Robin Wright se han dejado convencer por la muerte del género humano en pos de una sociedad que prefiere vivir colocada y permanentemente imaginando. Muy extraña.

Cartel de The Congress de Ari Folman
Cartel de The Congress de Ari Folman

 

Siete años después de que Zack Snyder trasladara a cine una de las obras gráfico-historias más trepidantes, heroicas y salvajes del mundillo comiquero, gracias Frank Miller, Warner Bros. ha decidido volver a las andadas y poner en manos de Noam Murro una falsa secuela, hablemos de cine paralelo, que explora nuevamente los excesos visuales que triunfaron con mérito en aquella 300 del 2007. Pero la realidad es otra, y si bien Murro se maneja bien fotocopiando el estilo gráfico impuesto por Snyder, no sé sí marca de la casa pero ahí le anda, esta 300: el origen de un imperio (300: Rise of an Empire, 2014) sucumbe como el 90% de secuelas en términos de calidad, carisma y entretenimiento. El despilfarro visual, sobreexpuesto para rizar el rizo bajo el prisma del 3D y que desconozco si merecerá la pena evaluar, no sirve como manto que deba tapar las vergüenzas reales de un producto más, para pasar el rato, y que ofrece muy pero que muy poco.

Con el cambio de cromos, obligado, Noam Murro ha salido medio perdiendo. Aquel Gerard Butler en estado de gracia y ciclado al no va más juntos a otros 300, entre los que se encontraban actores como Michael Fassbender o Dominic West, ha sido cambiado por un no demasiado carismático Sullivan Stapleton, actor con potencial que no termina por explotar, y una caterva de secundarios que como son granjeros, poetas y obreros pues acaban sucumbiendo al hiperbólico nivel muscular de los guerreros espartanos. Regresan la Reina Gorgo (Lena Headey) y Xerxes (Rodrigo Santoro), pero como si no lo hacen, y junto a ellos el plato fuerte de la aventura, esa belleza que responde al nombre de Eva Green y que aunque en la piel de un personaje bastante absurdo, tiene tiempo para enardecer al pabellón masculino de la sala con una de las escenas tórridas más WTF y fuera de lugar de los últimos años… ¿en qué momento se planteó la tensión sexual que se desencadena?

El resto del producto es menos de lo que se podía esperar de el. Primero, el exceso visual se pasa de rosca y cae en el peligroso espectro del videojuego llegando a perder todo el encanto que Snyder logró con sus cromas en el reducido espacio de las Termópilas. Aquello fue personalidad, cierta innovación y aventura gloriosa, esto se resume en la escena del caballo. Segundo, las batallas marinas, modo clon pero con final boss cada una de ellas, donde al estrategia de Temístocles (Stapleton) supera la ridiculez con la que hacen la guerra los generales persas. Salvo Artemisia (Green) el resto parece que recibieron el título el día que embarcaron. Tercero, el tedio de un guión repleto de diálogos rimbombantes, frases elocuentes y vacío en general que sobrevive gracias a los impulsos que le da cada cuarto de hora el cambio de registro y la entrada en faena del slow motion, a velocidad normal la película se les queda en hora y cuarto, o ese gore superlativo no exento de amputaciones, desmembramientos o ríos de color rojo oscuro.

En definitiva, probatura de cara a recaudar, extender los derechos, y ver si es posible hacer una tercera parte donde Xerxes vuelva a tomar las riendas de aquella controvertida sensación homoerótica que aderezaba el 300 de Snyder. Producto palomitero propio de Hollywood de hoy en día que con su R a cuestas espero que sirva de nueva muestra de que el cine para adultos, violento, sexual y extremo, también merece contar con inversión.

Uno de los nuevos carteles de 300: el origen de un imperio
Uno de carteles de 300: el origen de un imperio

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La semana pasada, tan pronto como la vi en el cine, ya os quería hablar sobre la nueva película de Spike Jonze, pero ha sido tal el frenesí de noticias y cosas que he tenido que hacer en este y otros ámbitos que no ha sido hasta ahora cuando he podido pararme a escribir sobre Her (2013).

Miremos pues al futuro, tristemente mucho más cercano de lo que imaginamos, y pensemos en una sociedad donde la comunicación lo es todo. Es tan todo que la soledad de Theodore Twombly, irrepetible Joaquin Phoenix, es combatida día a día con trabajo, algún que otro saludo a sus apreciados pero anodinos vecinos, saludad a Amy Adams, y mucha conexión. Ese marco de vínculos virtuales, donde se comparten experiencias alejadas del contacto, ahonda en la transformación de una persona que sufre al ver cómo su vida más "plena", viene de una ruptura con el personaje de Rooney Mara, ha cambiado por las circunstancias que generan esa completa conectividad que no es más que el causante principal de ese distanciamiento físico y personal al que se ha visto abocado. Y es entonces cuando el film nos da un golpe y añade un factor virtual más a la vida de Theodore, uno con voz de Scarlett Johansson, un ente artificial que aprende, conoce y, de manera mecánica y programada, informáticamente hablando, acaba por socializar y algo más con nuestro protagonista. El miedo a conocer, el temor o inseguridad ante relaciones personales que obligan a interactuar físicamente, véase el caso con Olivia Wilde, ese miedo al rechazo lo suple Samantha, ente virtual que de forma sencilla acaba aportando a la vida de Theodore aquello que había perdido. Jonze juega con muchos elementos íntimos, personales, acentuando la temática de la soledad pero sin dejar de lado la importancia que tienen las emociones en cualquier tipo de relación y máxime cuando el protagonista es una persona sensible capaz de meterse en la piel de todos aquellos que a través de su trabajo le solicitan escritos personales que son incapaces de redactar, e incluso imaginar. Comedia y drama, romance y ruptura, Her tiene de todo un poco y cuenta con un protagonista que rompe moldes y que actúa como el único elemento visual en una relación extraña y puede que, más pronto que tarde, hasta real.

Muy recomendable.

Cartel de Her
Cartel de Her

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Siempre me ha llamado la atención el tema este de la piratería en aguas del definido como Cuerno de África y me sorprende, esto no se puede negar, que la industria no haya sacado todo el jugo posible a la temática. Con este no sobreexplotado entorno, piratas más secuestros más rescates hay unos cuantos pero con la problemática somalí como trasfondo no tantos, Kapringen (2012) por ejemplo, el siempre virtuoso y sabio director Paul Greengrass adapta la historia real del capitán Richard Phillips narrada en el libro de título más que interminable "El deber de un capitán: Piratas somalíes, SEALs de la Armada, y los días peligrosos en el mar", escrito por Stephan Talty y el propio sufrido Phillips. Al frente del proyecto, y en una nueva demostración de que la veteranía es un grado, un muy natural y cercano Tom Hanks se encarga de acompañar a Greengrass en un drama personal muy acorde con esa esencia que la meca del cine disfruta llevando a la gran pantalla… de esas que por lo general se acaban aupando al estatus de producto premiable merced a la calidad del desarrollo y al gusto del público.

Lo mejor de todo es que el combinado cumple, y mucho, con una propuesta dramática, tensa o hipertensa, y donde te sientes tan preso e impotente como el pobre de Hanks, o Phillips, mientras el debutante Barkhad Abdi le apunta con un AK-47. El film es muy cercano, más si tenemos en cuenta que hace unos años barcos de todas las nacionalidades, españolas entre ellas, sufrían en carne el asedio de los piratas somalíes que bajo la amenaza de la desgracia que golpeaba, y golpea, a su tierra – hambruna, muerte y otros menesteres de aspectos más controvertidos – se adentraban en alta mar para probar suerte y cobrar una buena recompensa. El film es un elaborado viaje por una experiencia catártica, de esas que te cambian la vida si la sufres, y tras la cual algo queda dentro de ti para siempre.

Pues eso, Capitán Phillips (Captain Phillips, 2013) es Greengrass, Hanks, drama humano y una vacaciones en el mar de esas que no nos gustaría disfrutar a ninguno. Buen film que sin lugar a dudas merece más porque Hanks, nuevamente, nos ofrece un papel rotundo y de calidad, de esos que se tragan los problemas pero que explotan y se derrumban como haría todo hijo de vecino si sufrieran la experiencia esta.

Uno de los carteles de Capitán Phillips
Uno de los carteles de Capitán Phillips

Y con esto aprovecho para comentaros que el próximo 28 de febrero, un par de días antes de la ceremonia de los Oscar, esa en la que Greengrass y Hanks han sido castigados y donde, seamos realistas, Abdi ya ha tenido premio, llega a DVD, Blu-Ray y plataformas digitales el film. El Blu-ray y DVD incluyen como contenido extra un jugoso documental titulado "Captando Capitán Phillips" donde uno puede disfrutar de más de 50 minutos de una especie de así se hizo en forma de tres mini documentos titulados "Embarque", "A toda máquina" y "Mantenerse firme" donde se examina por parte del equipo creativo del film, Greengrass, los productores, reparto, etc., y en minucioso detalle, cómo se hizo la película, el hecho de rodar en un escenario real como un barco de la Maersk, la experiencia en alta mar, y qué movió a contar esta historia. Junto a esto tenemos un comentario completo de todo el film vía el propio director Paul Greengrass. Bastante completito.

Portada del Blu-Ray de Capitán Phillips
Portada del Blu-Ray de Capitán Phillips

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Eso es lo que pasa cuando echas el resto tratando de reinventar una obra de culto, que cuenta con un público que la recuerda con orgullo y que se sigue disfrutando al máximo aun pasando sobre ella cerca de 30 años. En un nuevo episodio de la larga lista de institucionalizaciones por parte de los grandes estudios de Hollywood llega RoboCop (2014) de José Padilha, debutante en el mercado USA que desconozco que hubiera logrado hacer si le hubieran dado carta blanca sobre el proyecto que nos trae aquí pero que puedo imaginar que algo mucho mejor si echamos la vista atrás y observamos con detenimiento su fabulosa Tropa de élite (Tropa de elite, 2007). MGM y Sony, dos de las grandes, han unido fuerzas para reinventar el icónico personaje creado por los guionistas Edward Neumeier y Michael Miner, uno que de forma crítica, cínica y abiertamente violenta fue transformado en cine por un director sin pelos en la lengua como Paul Verheoven, maestro entre maestros, al que acompañó la extenuante capacidad creativa de un visionario de los efectos especiales como Rob Bottin. Pero claro, los tiempos que corren son el ahora, y en estos momentos el mercado es quien marca descaradamente la pauta a seguir si hablamos de superproducciones, y que además se ven acompañados por una muy patente carencia de ideas donde ya no existe el riesgo, con naturalidad se le teme, y donde todo se ve avocado a una mojigatería que debe contentar a un público extremadamente amplio dek que se necesita que puedan verlo todo.

Con estos mimbres nade RoboCop, film que mantiene la esencia de la obra de Verhoeven, lo humano prevalece, y que continua explorando y criticando el claro devenir de nuestra sociedad hoy en día y donde el poder de los corruptos más el tejemaneje de los medios es lo que en el fondo debería ser castigado con dureza. Josh Zetumer, el guionista de este RoboCop 2014, elabora una historia correcta con engaños varios, de respetuosos guiños al pasado, pero que sin embargo se disipa como un pedo en una tormenta ya que tras 60 minutos no llega a trascender ni un 1% de lo que lo hacía ya en esos momentos la obra de la que es remake. Llegado a un punto donde la cosa no puede ser más plana todo cambia y mucho, el nuevo RoboCop, sus debates personales internos y el juego sucio de las grandes corporaciones, OCP sigue siendo una empresa de doble, triple o cuádruple moral, luce como se esperaba en un frenesí que salvo porque no cuenta ni con una gota de sangre – no se nos vaya a desmallar alguien – es hasta entretenido. Pero pasado este revitalizante parte el globo comienza a deshincharse y se confirma que MGM ha perpetrado un producto que puede que funcione en taquilla pero que no pasará, seguramente ni lo pretenda, a la historia como lo hizo ese otro RoboCop (1987).

En medio del fregado un Joel Kinnaman anticlimático que en su puesta en escena cuenta con una reinvención menos aparatosa del famoso cuerpo robótico en el que se ve obligado a revivir. Junto a él gente de peso como Samuel L. Jackson en modo rey fascista televisivo, y un retornado como Michael Keaton al que secunda Jackie Earle Haley en un papel que no cae en gracia. Otros como Gary Oldman o Abbie Cornish aportan su granito de arena aunque si les otorgas menos metraje tampoco se les echaría en falta.

No se, los ochenta eran más gamberros, entregados y auténticos, no había tantas preocupaciones y el cine de adultos era eso, cine de adultos. Ahora la ceniza MPAA coarta a las grandes compañías que, por otro lado y de forma igualmente culpable, optan por descomunales inversiones que deben ser recuperadas sea como fuere… y en este caso la solución la encuentran rebajando notablemente cualquier atisbo de personalidad que diferencie a este producto de esas otras decenas que llegan a la gran pantalla bajo este sello a lo largo del año.

Uno de los carteles de RoboCop
Uno de los carteles de RoboCop

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Planteemos una ecuación muy simple: costumbrismo, viaje a la América low cost, eso de profunda tampoco es que me parezca del todo correcto porque aquí a la vuelta de la esquina también tenemos de esto, y muchas relaciones, ya sean familiares o no. Estos tres elementos sirven a Alexander Payne, el director de cosas también muy de introspección como A propósito de Schmidt (About Schmidt, 2002) o Los descendientes (The Descendants, 2011), de argumento para contarnos el curioso viaje obsesivo de Woody Grant, Bruce Dern fantástico, un simpático y cabezota anciano que ha recibido una carta donde se le anuncia que es el ganador de un jugoso premio de un millón de dólares. Este punto de partida sirve para meter al espectador en un apacible periplo entre Billings y Lincoln, tránsito entre los puede que muy tediosos estados de Montana y Nebraska, donde nos cargaremos las pilas con múltiples reencuentros familiares, pausa, donde se sacarán a la luz viejas rencillas, pausa, y donde reinará esa tozudez supina de la que Dern hace maravillosa ostentación, nuevamente pausa. Nebraska (2013) es un entretenido melodrama familiar con momentos de comedia, agradecidos para levantar ánimo entre tanto aprovechado que ve en una falsa obsesión, propia de un hombre mayor y senil, una forma de sacar tajada. De regalo una reveladora relación padre hijo, de esas que de vez en cuando merecen verse para pensar sobre el tema y darse cuenta que las rarezas son eso, peculiaridades de cada uno con las que se debe aprender a convivir. Triste pero positiva, viene aderezada con June Squibb, muy divertida, y un elenco de actores que ponen sobre la mesa a la taciturna familia Grant.

Cartel de Nebraska
Cartel de Nebraska

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Y algunos se preguntarán que tiene David O. Russell que últimamente parece apostar exclusivamente por productos con premio, que le pregunten si no a Robert Redford. Pues desde luego un gran saber hacer, mucho ojo, probablemente suerte y, por qué no decirlo, grandes e impagables apoyos a la hora de promocionar sus últimas aventuras como director. De un tiempo a esta parte O. Russell no para de acertar, cualquier tiempo pasado en este caso no fue mejor, y tras The Fighter (2010), El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012) y ahora esta La gran estafa americana (American Hustle, 2013), estamos ante un caso insólito de frenética dirección que da como resultado films que han cosechado sin control premios y más premios, a la par que reconocimiento.

Por otro lado este director sabe rodearse de nombres y, como ya hiciera en las otras películas citadas, no ha dudado tirar de agenda y cosechar en su pasado volviendo a contar primero con Christian Bale, ganador de un Oscar por The Fighter, Jennifer Lawrence, ganadora de un Oscar por El lado bueno de las cosas, Bradley Cooper, no ganador pero ahí le anda gracias a este director, Amy Adams, cinco veces nominada al Oscar y ya conocida del director por el primer proyecto de esta gran etapa, o Jeremy Renner, otro que tal baila con papelones como los de The Town (2010) o En tierra hostil (The Hurt Locker, 2008), ambas nominaciones, aunque también con más de un tropiezo considerable. Con este plantel ni queriendo se puede hacer algo malo, aunque tampoco tiene porque ser extremadamente bueno. Esto es lo que le pasa a La gran estafa americana, una visión libre de la nada conocida operación Abscam, aquí podríamos hacer lo mismo con la Pokemon por poner un ejemplo, por la cual el FBI decidió contar con el apoyo de un estafador e informante llamado Melvin Weinberg para poder acabar con una trama de corrupción donde campaban a sus anchas políticos o mafiosos. En la película el Weinberg este ha evolucionado a un tipo llamado Irving Rosenfeld (Bale), uno que vive a su ritmo, estafando, pero sin resultar demasiado evidente todo lo que hace. Junto a este curioso empresario figura su amante Sydney Prosser (Adams), y junto a él ambos serán "reclutados" por el ansioso agente del FBI Richie DiMaso (Cooper), rey del pelo rizado y la excitación descontrolada, para dar caza a un muy rocambolesco y evolutivo plantel de delincuentes, corruptos y mafiosos… ¡como la vida misma pero en modo comedia!

Y es que en global La gran estafa americana funciona como multigénero, siendo los golpes de efecto más cómicos aquellos que hacen relajarte con bastante asiduidad, pero pasando también al drama personal donde el temor a los actos que uno comete hacen crecer dudas y pesares asociados a la amistad, las relaciones personales y la profesionalidad. Todo esto da forma a una historia simpática, cargada de estética setentera donde los cardados, la laca, los rulos de alcoba y un ya mítico bisoñé, hacen que te metas más y más dentro de la obra. Encantadores los paseos por la pantalla de gente como Michael Peña y sobre todo un Robert De Niro que adopta la forma de aquellos ítaloamericanos en gafa de pasta y muchos años que Scorsese encontraba para pulular por sus obras mafiosas más geniales. Pero eso si, conforme el film avanza, y el lío se hace más y más grande, más crecen las esperanzas de ver un desenlace magnífico a lo El golpe (The Sting, 1973)… pero claro está, eso no está al alcance de muchos, y O. Russell no es capaz de tomar el pulso final resultando todo en un desenlace descafeinado que no hace sombra a todo lo que durante dos horas ha ido montado con maestría y diversión.

En fin, vale mucho la pena verla, pero la veo como otra The Fighter o El lado bueno de las cosas… para disfrutar pero mucho me temo que será la que no rasque nada, o muy poco, en los siguientes premios.

Uno de los carteles para el mercado usa de La gran estafa americana
Uno de los carteles para el mercado usa de La gran estafa americana

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Pues habrá que seguir hablando de esas otras películas que no entran en los géneros habituales del blog pero que merecen ser vistas, y más con los premios Oscars ahí a la vuelta de la esquina. Para comenzar nada mejor que hacerlo recomendando El lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013), la última pieza del artesano Martin Scorsese y un viaje sin concesiones al extremo y desbocado mundo de las drogas, la prostitución y los corredores de bolsa… aunque solamente de la parte formada por los que se forran en tiempo récord haciendo no precisamente las cosas limpiamente. El lobo de Wall Street es de paso un nuevo avance, otro más, en la madurez como intérprete del gran Leonardo DiCaprio, actor que merece la pena ser disfrutado una y otra vez hasta que se te sequen las retinas aunque, siendo realista, ya no le queda nada por demostrar y con cada papel que se echa a la espalda deja claro que es de lo mejorcito que hay hoy en día en el starsystem conocido. Pura maestría.

Basado en una obra autobiográfica, El lobo de Wall Street cuenta la vida y obra de Jordan Belfort, un agente de bolsa que debido a su gran conocimiento del medio, y sus ansias por medrar, acabó dominando el mercado bursátil durante parte de los años 90 aunque, como ocurre de vez en cuando en estos casos, sacando provecho de métodos poco morales y mucho menos legales. Belfort vivía al límite y eso implica poder absoluto, algo por que lo Scorsese siente fascinanción vista su carrera cinematográfica. En el fondo, que digo fondo, en el más amplio sentido de la palabra, Belfort es el amo, un ser superior que se muestra rutilante e imponente por encima del resto de mortales que le adoran e idolatran. Más todavía, Belfort es esa especie de dios del mal vestido con los mejores trajes, de ser despreciable que maneja y al que le gusta que le riendan pleitesía. Ese mal, ese poderío, esa superioridad que supura Belfort es algo que Scorsese disfruta rescatando y mostrando al espectador como ya demostró, aunque en otro rango de villanía y personajes, en muchas de sus anteriores películas. Casino (1996), Infiltrados (The Departed, 2006), Uno de los nuestros (Goodfellas, 1990), El cabo del miedo (Cape Fear, 1991) o Gangs of New York (2002) cuentan todas ellas con este estereotipo de rey villano que de form sobrada se impone a los demás con magnificencia. Jordan Belfort es el nuevo Frank Costello, el Bill "The Butcher" Cutting de Wall Street o Sam "Ace" Rosthein de parquet bursátil.

Y ahí está la genialidad de El lobo de Wall Street, Scorsese genera un nuevo modelo de villano, uno que ya hemos conocido en otras cintas y documentales, o incluso en las noticias que vemos a diario por televisión, pero sacando a relucir su lado más frívolo y extremo… en este caso un día a día rodeado de drogas, prostitutas, excesos y locuras varias. Pero eso si, Jordan Belfort, y la marabunta de chorizos que le acompañaban, aquí no se venden como tipos deleznables, que lo son, rastreros, que lo son, o ladrones, que lo son. Scorsese opta por tomar otra camino, uno mucho más divertido y repleto de momentos cómico-épicos surrealistas, y viste a la mona con sus mejores sedas, aportándole un genio y una dulzura que llevan a Leonardo DiCaprio, y a gente como Jonah Hill, a un nivel de encanto entrañable y, no lo vamos a negar, hasta deseable. Que tire la primera piedra el que no haya disfrutado viendo los excesos de Belfort y compañía y haya pensado… en fin. Eso si, es tal la bajeza moral de los actos cometidos que menos mal que Martin Scorsese se saca de la manga una obra de este calibre donde, nuevamente, decora lo peor de la sociedad como un aspecto hasta apetecible. Así uno hasta se regozija con los antojos de Belfort, con sus magreos sexuales y sus probaturas lisérgicas. Porque te lo pasas pipa viendo la vida de este personaje, si bien una vez devorada la película da para un buen rato de charla sobre lo nauseabundo que fue este fulano que vivió al límite a costa de otros muchos a los que pisó, detrozó y humilló sin si quiera despeinarse.

Pues eso, El lobo de Wall Street está ahí para ser recordada, para tener al lado de las otras obras de Scorsese, y para disfrutar una y otra vez de es pedazo de actor que es Leonardo DiCaprio o de Margot Robbie (esto tenía que decirlo), un sucedáneo de aquella Ginger McKenna que en parte manejaba la vida del pobre Sam Rosthein. ¿Tres horas de metraje? Si, un poco extenso y con algún que otro momento un pelín pesadito, pero una cosa compensa a la otra y los años de perfección de Uno de los nuestros, Casino o la reciente Infiltrados ya han pasado, aunque al 95% siguen más que presentes en El lobo de Wall Street.

Y recordad que ya podéis hacer la Quiniela de los Oscars de este año. Más premios serán anunciados la semana que viene.

El cartel de la película que no pude ver en cines ni queriendo
El cartel de la película que no pude ver en cines ni queriendo

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